Pleno de gesticulantes, aparatosos e innecesarios
manoteos, disfrutando de sus excesos truculentos, vociferante y reiterativo,
con motivo del atentado en París, este señor se superó a sí mismo dando el
espectáculo frenético de costumbre, pero que ayer rayaba en una falta de
respeto con la gravedad trágica de la noticia y con las víctimas
correspondientes.
¿No habrá quien modere a esta esperpéntica turbulencia de
la Sexta? ¿O eso es lo que mola?
Y ahora, veamos (porque la gente que no aprueba el juego
tampoco va a aprobar sus reglas):
Arrimando el ascua a su sardina, nuestras modernas
sociedades “occidentales”, ya estamos, con insistencia y variados métodos
vienen proponiéndose e imponiéndose, cuando las dejan, como modélicos ejemplos
de convivencia, civilización, progreso y buenos resultados, como si no tuvieran
un surtido de tenebrosas facetas y estrepitosos fracasos que contabilizar. Como
si no tuvieran también un carácter de salvajismo egoistón, aunque envuelto en luminoso
celofán y seductoras lentejuelas.
Por descontado, esas propuestas no son compartidas en
considerables áreas del sufrido mundo, y llegan a provocar rechazos y
beligerancias importantes. Se diría que, para nada escarmentados ni corregidos,
seguimos practicando una curiosa variante residual de las colonias, o de los
imperios que andaban convirtiendo a empujones a las remotas gentes a lo que
fuese, religión, pensamiento, modos de vida, organización política, económica,
etc. La resistencia y el choque van de suyo, entre la ingente población de las
naciones que no entran al trapo, que no lo ven claro ni tienen por qué estar de
acuerdo.
La prepotencia, la obscena molicie y la propia decadencia
amanerada de estas sociedades “modernas” serán su ruina y su final. Y, por
ejemplo, que hayamos puesto de moda un laicismo frívolo, casi ateo, que se mofa
de las religiones, nos parecerá un “fino ejercicio de ingenio” que quizá
sirviera como “diversión” entre nosotros, pero que, disparadas contra otras formas
de ser y de vivir algunas supuestas gracietas, ¿por qué nos las habrían de
consentir?
La libertad de expresión y el humor, ¿son un pretexto,
una patente de corso para ofender impunemente a las personas en sus diferentes
creencias, sentimientos y tradiciones?
¿Nos lo pensamos? Sobran redentores y más nos valdría que
nadie se metiese en corral ajeno. De ninguna de las maneras.
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