Con las
cautelas debidas, no descartaba la veracidad, la condición funcional, ejemplar
a su modo, descriptiva incluso de los aforismos, del catálogo largo y diverso del
refranero. Así que “las cosas de palacio
van despacio” iba que ni pintado para determinadas facetas de su carácter.
Y siendo, por otra parte, inclinado a la observación parsimoniosa de las
paradojas, no abdicó a un tiempo de ese sesgo escéptico que solía teñir su
conducta. Con todo, en absoluto inmune a las inconsecuencias, aquella vez las
cosas habían ido demasiado lejos. Y cuando reparó con asombro en lo sucedido,
el propio, kafkiano absurdo del detalle lo paralizó, primero, y a continuación
lo resolvió a una parcheada y pintoresca solución que, andando oblicuo, algo
evocaba a la desesperada resistencia de El Álamo, tan glosada con reiteración
por el cine.
El caso es
que esta vez descuidó la anual y oportuna consecución de un calendario y
dejándolo, dejándolo, avanzaba el año y continuaba pergeñando hojas manuscritas
con un entramado, unas cuadrículas que precariamente reemplazaban, y aun
usurpaban, las propiedades de cualquier variedad del artilugio previsto y profesional
de marras.
No fue
suficiente desafuero ni excentricidad, ni produjo la adecuada incertidumbre o
sospecha de proceder errático; sino que, afianzándose, iba fijando el “invento”
en su lugar clásico de la puerta de la cocina con segmentos que recortaba de un
rollito de papel adhesivo, de esos que la familiaridad popular llama “fixo, cello” o así.
Cuando
examinaba lo que ya empezaba a invadir los terrenos del espectáculo, algo de
Robinson, o del viaje legendario de Eneas, o de la aventura de los astronautas frente
a lo desconocido, soplaba, muy, muy remotamente en ese viento de levante al que
las mentes desdeñosas y poco románticas achacan trastornos y desvanecimientos.
-Y esto, ¿crees que dará para una novela, para el
premio Planeta?
- Si se va tirando del hilo, nadie es más que
nadie.
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