Mucho y
agotador (y quizá estéril) trabajo van a tener la presuntuosa y discutible
globalización y el falso “progresismo” de falsa izquierda que tan laicos y/o
ateos nos quieren, para extirpar el fenómeno que anoche volvimos, como cada año,
a experimentar: la adhesión y la convicción decidida con las que el público (en
este caso, andaluz) contemplaba, admirado y conmovido, el desfile de las
cofradías del Jueves Santo. Con respeto y silencio, con encendidos y también
respetuosos aplausos cuando el rito, la liturgia de estas procesiones, perfilan
momentos especiales de belleza y sentimiento.
Los más
escépticos pueden hablar de religiosidad tergiversada, tal vez de fanatismo, de
herencias paganas, con palabras que persiguen el descrédito, incluso ciertas
formas de la burla.
Pero muy
extendidas están las raíces de unas creencias antiguas, de una sensibilidad
ante el arte barroco y la imaginería, de una música que -solemne de bronces y
tambores, o rasgada de saetas- subrayan y acompañan estas expresiones. Raíces
muy profundas en, si no se quiere decir el alma, las entretelas de estas
mayorías inocultables, también apasionadas a su manera, pero que no gritan
insultos como los renegados en los estadios de fútbol.
En esto y
aquí, son muy otras (y a veces cristianamente pacientes) las conductas.