Porque lo contrario lo será
también a la inteligencia, a la justicia y a la verdad.
Así que vayamos por lo primero:
el respeto que se debe a las víctimas de cada tragedia (trenes, danas, incendios,
terremotos, volcanes en erupción…), y eso de manera inapelable, absoluta e
inmediata. Tal es la evidencia y la importancia del respeto prioritario que me
permitiré no extenderme en ello.
Otra cosa es que el plazo que se
adjunta al respeto, al duelo que comporta, sirva a los tunantes como respiro
transitorio, como pausa para enhebrar escapatorias. Y ahí debe introducirse sin
dilación la cuña del rigor.
Al fondo de tantas cosas, lo
crudo que existe es el dinero, su obtención y su aplicación. Y aquí viene:
Los mandamases presumen con
alarde chulesco de que, vía impuestos (que se rebañan sin piedad al bolsillo
del ciudadano/contribuyente) la actual recaudación de la Hacienda pública es
brutal, maravillosa, excepcional, sin precedentes; conque tanto dinero, tan
astronómicas cantidades devengadas, están en teoría para atender a los mismos ciudadanos:
sanidad, educación, pensiones, seguridad, infraestructuras, etc. que para nada
son gratuitas, sino que las estamos pagando hasta su último euro. Todo eso
requiere inversiones y los datos y la simple y jodida sensación es que el dinero
no se emplea religiosamente en eso y sólo en eso. Sino que con escándalo y
malicia se funde y derrocha y malversa en fechorías y desafueros que suelen
antojarse y beneficiar siempre a los precisos mandamases antes citados.
Lo del tren: si la liberalización
(la multiplicación de empresas usuarias) de la alta velocidad ha incrementado
de forma exponencial -y ambiciosa, incluso codiciosa- el uso y el consiguiente desgaste
de las estructuras ferroviarias, la inversión en mantenimiento y más, en
renovación de tecnología y sucesivos y mejores artilugios de seguridad, debe
aumentarse en paralelo. Y al ocurrir lo contrario, como ha venido ocurriendo,
llegamos a los accidentes mortales.
Con frivolidad y desahogo
marcados, el equipo político/administrador de turno no suele pechar con los
desastres. Y no vale eliminar al más pequeño peón del tablero como esparadrapo que no tapa la negligencia y la impotencia en
la gestión de una cuadrilla de ministros, que son nombrados por pertenecer a la
banda y no por los invisibles méritos y la sabiduría que no tienen y que corresponderían
a cada cartera. No sirven ni embadurnados de asesores infinitos como suplentes
de unas carencias, y únicamente engordan el gasto elefantiásico, el faraónico
lujo de una burocracia galopante, estéril y aficionada a los laberintos.
De un batacazo en otro, ni se dan
explicaciones decentes, ni se definen las investigaciones, ni éstas conducen al
castigo de los culpables (porque “sanción”
y “responsables” son términos
difuminados “a la vaselina”). Y en conclusión, estamos tragando cosas que si
tuviésemos respeto y rigor (simultáneos, no diferidos entre sí) por nosotros
mismos, darían para una gigantesca pira en la que, como en falla valenciana,
ardieran sin tregua ni compasión todos los “ninots” que nos están sobrando.