De las damas
no, pero de los caballeros solía decirse antaño que, cuando el cabello raleaba
en la parte frontal y aledaños, estaban “saliendo entradas”.
“Saliendo
entradas” tiene por casualidad, como expresión popular/familiar un divertido
matiz paradojal. Pero aplacemos eso. Lo que ahora verifico desde mi personal
vistazo en el espejo es que, en pocos meses, la deserción capilar en la
trinchera de referencia manifiesta una cierta velocidad que para otros
menesteres sería de desear y que, mira tú, en el asunto que hoy nos entretiene (de la
velocidad escribo, Saramago) no es lo
preferible.
Como la
resignación es virtud o ineludible hábito que a todos alcanza, no cabe otra
cosa que asumir la evolución de lo que otrora fue fronda elegante y cultivada,
con espesor y abundancia no exentos de una condición sedosa y manejable que con discreto orgullo pudimos exhibir, y más cuando otros colegas y coetáneos
veían su destino marcado con no buscadas y concluyentes derivas sentenciadoras.
Una inocente
coquetería me ha llevado a ser en estos años portador de gorras y sombreros de
muy numerosa y diversa índole que han venido a ser, cuando menos lo hubiera
pensado, unas casi indispensables aliadas. Y al cabo, esa incorporación
respalda, con diplomático sentido de la oportunidad, la “tendencia” que aquí
hemos querido referir, ojalá con la corrección debida.