Con tiempo e
insistencia, se nos ha ido instalando en las mentes esa majadería machacona del
“buenismo”, de ese colorcito blandiblú
que quizá sea una variedad de la piedad peligrosa, un entendimiento del mundo y
su realidad que mucho tiene de digestión en falso y de hipocresía con espesas
capas de camuflaje.
Quiénes
promovieron ese principio y lo han sostenido luego, puede ser que nunca los
descubramos; o muy poco. Pero es claro que lo han diseñado con intereses de
improbable limpieza.
Y es curioso
contemplar cómo cualquier paso diferente que se encamine en otra dirección (en
la de la lógica o el sentido común, por ejemplo) recibe de inmediato la máxima
inundación represora de descalificaciones, anatemas y fulmíneos escándalos.
La recomendación
(caída por ahora en saco algo roto) de “los españoles, primero” suena abrupta e
inaceptable en los oídos generales y quizá lo deba a una concisión a la que sus
furibundos y maniqueos opositores niegan el desarrollo de matices,
interpretándola con deliberada rudeza sectaria. Pero lo que tiene esa
recomendación de firme -metáfora que todos entenderán- es que una tarta, por
gigantesca, por enorme que sea, se agota ante un número inacabable de invitados
al cumpleaños, o de los que, sin serlo, no cesan de colarse, con los motivos que
presenten, respetables o no.
Así que,
antes del motín absoluto, ¿convendrá establecer un orden de llegada y un orden
en la llegada, un criterio de preferencia, un reconocer que no estamos
obligados (ni por los Derechos humanos sin Deberes) a darle nuestra capa al
otro, cosa que, según parece, sólo hizo San Martín de Tours y puede que sólo
aquella vez?
Los muy
cristianos podrán decirme “ya te vale”; los demás, que suelen ser faroleros del
melindre, gente que pregona más que vende, que predica sin dar trigo…