Sé que no estoy solo, que no soy
solo (así se dijo antes) en esta querencia irrazonable (¿y por qué, irrazonable?).
Prolongo con afecto el uso
reiterado de camisetas, pantalones, jerseys, calcetines… que los años han llegado
a transformar en casi compañeros de vida. Digo más: paños de cocina cuyo
gradual deterioro da fe de nuestra especial convivencia, de nuestra veterana y
medio esotérica relación.
Regreso -en esa línea de
Discovery Max- a recuerdos cíclicos, a vivencias que van a acompañarme lo que
quede, fuera de indicadores analíticos que estimulen mi hipocondría. 36 años de
vivir en esta playa de Chiclana de la Frontera (así, completo, heráldico,
ceremonioso), que me parece irreal que no hubiera sido parte de mí hasta y desde
1990.
Cuando (va de recuerdos) el
Comodoro fue regresando a nuestra Andalucía, después de sus años alicantinos, era
más cómoda, por la mayor cercanía geográfica, la frecuencia de nuestros
encuentros. Hoy bailan en mi memoria las veces que recalábamos en Baelo Claudia,
solicitados no tanto por la seducción de ese yacimiento arqueológico, de ese
enclave delicioso que el Imperio Romano hizo “sitio de su recreo”, siglos
atrás, como por las comilonas de excelente pescado frito que nos ofrecía algún
chiringuito vecino. Devotos sin miramientos, solíamos incurrir además en unas
tortillas de patata, de modesta realización, que jamás habrían conseguido premio
en los certámenes correspondientes; y, aun así.
Luego, bajo recomendación algo
autorizada, habíamos localizado una pastelería en Tarifa y allí acudíamos, para
los hojaldres, los merengues, los favoritos “tocinos de cielo” con los que
coronar, café por medio, nuestras conversadas sobremesas.
¿Quién dice que la memoria es
poco menos que una brisa delicada, que una niebla que se resiste a
desvanecerse? A Maritere, que lo conoció (del Comodoro escribo hoy), la llamo a
media mañana para describirle esta mar de finales de octubre, esta arena que
recibe las cosquillas de una sola línea de espuma, como jugando al cariñito.