Que nuestra
capacidad de asombro esté ya muy mermada por la avalancha continua de sucesos y
conductas de los que estamos siendo espectadores consternados, no impide que el
asombro sea objetivo y mayúsculo.
Por la “tele”
los vemos, no consiguen ocultarse ni lo intentan. La desfachatez, el cinismo,
la actitud de los intervinientes (testigos, imputados, etc.) tienen la confiada
naturalidad de quienes se sienten más o menos impunes: por intocables, por ser
apenas enanos en tramas gigantescas, o por futuros amnistiados a cuenta de
tirar poco o nada de la manta.
Desgranando
sartas de embustes infinitos, proferidos con aplomo o con titubeos
balbuceantes, los altos cargos, los pringados, los cerdos y las furcias desfilan
ante los jueces que acaso, y por muy entrenados que estén en tratar con gentuza
delincuente, los escuchan con quizá un resto de estupor ante las dimensiones
del escándalo general.
Los mentirosos
ante el tribunal, ¿cometen delito por ello?, ¿serán sancionados en
consecuencia? La chulería sin límites, la desvergüenza, las incluso risas de
los canallas más relevantes, ¿pueden exhibirse sin más, amparadas en no imagino
qué extraordinario fuero de ignominias?
Cárcel mucha
o cárcel poca
Y multas a
mogollón,
¿qué reprobación
les toca?