Claro que cuando el chulito cobarde
que gallea en la Moncloa se descolgó con la burrada de levantar un muro entre “los suyos” y “los otros”, se veía venir (él
también lo veía) que se llegaría a esto: camino y destino más que fáciles y
provocados a sabiendas.
Lo raro es que haya tardado más
de lo que se podía esperar.
En la Puerta del Sol, la acampada
comunistoide y antisistema (con la seudocobertura de la protesta por el
problema de la vivienda) que permanece en su abuso con la hipócrita connivencia
de la delegación del gobierno, se ve contestada y consecuentemente increpada
por gente que ya está harta de tan arbitraria “okupación” del importante y simbólico enclave madrileño. Insultos,
gestos, agresividad cruzada, que la policía acude a dirimir como mejor o peor
puede. Porque se tiene miedo al REMEDIO, se aguanta la ENFERMEDAD, y así nos va
a ir.
Con la descriptiva palabra “polarización”
se nombra un asunto creciente que unos taimados inauguraron y otros, acaso
incautos o inevitablemente, han secundado, y henos aquí a los españoles enfrentados o, si se quiere más
vaselina, en desacuerdo sobre varias
cuestiones de fondo… y de forma. Aroma por desgracia replicado de una etapa
histórica no tan lejana cuyos males han sido reabiertos con propósitos
perversos, con eficaz veneno sembrado en los residuales surcos del rencor que
acaso quedaba.
La PSOE de los sinvergüenzas, con
ZP y el chulito tiranuelo como vistosos y correosos instigadores a la cabeza, tiene
mucho que ver en el desquicie que ya nos alcanza de lleno; también, la entrada
al Congreso, etc. de los partidos de agitadores incansables y escoria lumpen,
ha echado a perder desde las intenciones hasta los modales y España hoy, se
muestra arrastrada a una descomposición y una suciedad tantas como jamás
hubimos imaginado que mereceríamos.
El quirófano crudelísimo que
corresponde será inevitable. Entre el temor y la tristeza por estos hechos, se
hace difícil la buena cara para el mal tiempo.