Que, con la
edad, curiosa resulta esa cosa inocentona que no nos desaparece por completo:
la imposible, por engañosa, sensación de permanencia, espejismo donde los haya.
Así que,
acostumbrados a su estupendo y extenso trabajo en el cine durante fértiles
décadas, contábamos con que este señor “seguía ahí”. Y claro que no, que el
calendario prosigue su marcha y nos va dejando caer junto con las hojas.
Consiguió
este actorazo hacernos creíbles los personajes que le fueron encomendados, de
la condición que fuesen: les infundía su sello y su experiencia y los
espectadores podíamos identificarnos, entrar con natural comodidad en el pacto
tácito que el cine propone y sus buenos intérpretes logran con esa maestría que
el archivo, las filmotecas harán bien en conservar.
Buen viaje,
señor.