Admito mi carácter, algo clásico;
pero no tanto que me amolde por completo a ese “del rey abajo, ninguno”. Y viene esto a que -no faltaría más-
siendo ambos de carne y hueso, más carne yo, NO RENUNCIA AL RESPETO debido
entre personas el tuteo que, con tu permiso, voy a permitirme, que es
reiteración deliberada, un poquillo para descargar.
A continuación del Caudillo, el
formato que ensayaríamos en adelante lo decidió tu señor padre, en compañía de
otros más o menos notables, y con aciertos y errores, luces y sombras, estas
últimas de las que no sólo los adictos a la república sino, especialmente, los
chinchosos (por decir lo menos) que tanto abundan entre nosotros,
machaconamente resaltarán y recordarán con insistencia maliciosa su faceta
negativa, que es moda al uso y manifiesto sectarismo y desequilibrio en los
criterios.
Pero, a lo que vamos: monarquía
parlamentaria, congreso de diputados y senadores y Constitución. Que el rey,
reina pero no gobierna. El esquema, en una comunidad sosegada y entrenada en el
comportamiento democrático puede funcionar; mas en la nuestra, bastante por
educar y madurar para tal esquema, ha ido desembocando en problema gravísimo,
recreado y azuzado por impíos y cabrones enemigos de la convivencia y el
respeto armoniosos.
Con cuotas crecientes de
degradación y decadencia, ese ensayo de “democracia” nos ha traído a la presente
situación, cuyos tonos suenan conflictivos y críticos. Y, traspasada la Corona
a tu relevo, arribo ahora a este lío en el que nos movemos.
El diseño legal, Felipe, te ciñe
exclusivamente a según qué simbólica representación con veto expreso y exigente
de intervenir en nuestras vicisitudes y avatares. Consecuente, llevas adelante
el papel asignado a pesar de que -ciego no eres- ya sabes la que está cayendo.
Y tan celoso escrúpulo está causando grandes dudas y desazón en más de 4 y
conmigo 5. Que, en coyunturas excepcionales que nadie quiso (y acaso nadie
pudo, que ya me extraña) vislumbrar a mediados de los 70 del XX, ya no se puede
seguramente (por la seguridad de todos) mantener esa exquisita y aséptica y
ática posición a la que LEYES, por desgracia ya tergiversadas en su desarrollo
y aplicación, te comprometieron.
Llámame exagerado, Felipe, pero
me da que el barco se hunde y, en medio de este sobrecogedor examen -también de
conciencia-, ¿permanecerás inmóvil como inalterable Don Tancredo porque es
indispensable e ineludible el acatamiento y/o la “obediencia debida” a la NORMA,
ídolo fatídico, como de pirámide maya?
Según lo que esté por ocurrirnos
a los españoles, ¿remontaremos con tu ayuda la ruina o te mandaremos una postal
al exilio? Demasiados políticos en la indecencia de no dar explicaciones
verdaderas, en no rendir cuentas, diluidos en la comodidad cobarde y la
ilimitada frescura colectiva e irresponsable. Quizá haya que concentrar las
preguntas y que un solo director de orquesta sea quien, como gestor visible y
neto, y con buenos y limpios músicos de ayuda, consiga que suene bien nuestro
concierto y merezca nuestro esfuerzo y nuestros aplausos. O lo contrario,
Felipe.
Desde mi buena fe, aunque sea
irrelevante.