Como secuela, como sarampión
derivado del reciente certamen futbolero, parece ser que la “hinchada” (o parte
della) del equipo argentino ha sufrido, con grave indigestión, el resultado
adverso; y hay manifestaciones de esa reacción que, por decir lo menos, son
pueriles. Pero ya se entiende que “hinchada” y berrinche nunca son ruidos excluyentes.
¿Cabe alguna consideración que siempre correrá el riesgo de ser inexacta? Sí y
no. Aunque entre analistas anda el juego.
Hay un refrán que reza “cuando el
río suena, agua o piedras lleva”; así que la fama colectiva de los argentinos -lo
que parece- además de su larga, profusa retórica, desenvuelta y con frecuencia
mordaz, es que tantos se han vuelto psiquiatras porque ellos mismos eran
clientes del diván que desmenuza sus complejos, a saber: escepticismo,
prepotencia, superioridad con discutible, escaso fundamento, herencia italiana
(mejor creer que no mafiosa) y un entripado de mestizaje cuya integración, de
ánimo y de cultura, todavía tiene, con relativo poco tiempo de mapa “independiente”,
camino por recorrer, etc., etc.
Sabemos que el orgullo herido
puede en ocasiones calificarse de noble; no así la soberbia. Sentado este plano,
cuya eventual improcedencia me presto a admitir sin demasiada torsión, estamos
ante una evidencia de difícil lidia: el perdedor que no acepta su derrota es
doblemente perdedor; y puede desembocar en comportamientos rencorosos y ansias
de no siempre limpio desquite que subrayan sus miserias.
-¿Por
esa selección lo dices?
-Y
por otros más casos.