Para empezar, se diría que el
carácter de pasmarote máximo e impertérrito con el que declaraste ante el
tribunal ya te blinda la condición y te hace impermeable para cualquier zozobra
o desazonadora inquietud. (Inolvidable escena entre balbuceos: no sólo no ibas
a “trabajar” sino que ni siquiera sabías dónde estaba el despacho, el cuartito
que te habían fijado para ello).
Luego, aunque tu “enchufe” XXL ya
era escandaloso/clamoroso y no ha habido modo de camuflártelo, no te ha caído
-en la sentencia- ni cárcel ni la devolución, que parecería natural, de los
salarios habidos en esa especie de fraude o patraña laboral. Solamente se te
condena a unos años de inhabilitación que de inmediato serán recurridos por tu abogado
y ya se verá.
Más. Con el impedimento, con la
prohibición de acceder a empleo público, nadie duda de que el nivel de tu
formación profesional -por más que las malas lenguas siembren sospechas al
respecto- te proporcionará al menos la dirección, si no de una orquesta como
dices ser lo tuyo, de una variedad de charanga de tío Honorio o agrupación
bulliciosa para amenizar eventos rústicos y/o extintas corridas de toreo bufo.
Te asiste el coro de los
ministros y demás compinches de tu hermano que, a cuello abierto, vociferan tu
inocencia; y si llegare el día, un indulto a mano no habrá quien te lo niegue.
Permanece pues, David, en tu
seráfica inmovilidad y sosiego pétreo, y que las galernas descalificadoras que
sobre ti desatan tus adversarios no lleguen siquiera a salpicar tu inefable
cara. Dura.