Para prestar
a Cuba cierto apoyo
-el muerto,
al hoyo y este “vivo”, al bollo-
cruzando el
mar en clase preferente,
el otrora “coletas”
viajaba,
mochila a
cuestas, corazón candente,
soñando pantomimas
que azuzaban
a la “Revolusión” impenitente;
porque si finges
con cínico aplomo
que eres de
causas nobles paladín,
te premiarán
con plata y no con plomo,
hecho un
nuevo flautista de Hamelin.
Mas se dice
que a este soviet tardío
casi no le
embarraron los calcaños
las penurias
de unos 70 años
que a los
cubanos roen por los pies;
que, alojado
feliz entre satenes
por sus conmilitones
del Caribe,
ha podido
volver con parabienes
diciéndose entre
sí “qué bien se vive”.
Del Infierno
o la Gloria,
la mirada de Castro
lo bendice
con sonrisa sardónica
que expresa
su aprobación
con un “¡manda narices!”