-Ayer
tu redacción andaba estricta, Hipocampo.
-Y
con pocas ganas de tontunas, lo está dando el clima.
-¿El
de los meteorólogos?
-Más,
el otro. La cosa es que, por si no se me entendía, traigo hoy dos
imaginaciones.
1ª) Imaginemos, sólo por un
momentito, que esa acampada rústica y casi chabolera que con disimulo llaman
los cautelosos “un
asentamiento de inmigrantes que vienen buscando una vida mejor”, se
posara, se reprodujera en la perfilada playa de la Concha, allá por las donosuras
delicadas y brumosas de San Sebastián. Digamos sin exagerar 50.000 o 70.000
espontáneos, lanzados al ruedo, al inquieto e inquietante deambular, como
sueltos y sin destino visible, por las elegantes calles donostiarras. ¿Ya se ve
“de venir” la complaciente acogida de esos vascos tan nacionalistas de lo suyo
que incluso el fútbol español de los españoles les incomoda hasta esa algarada
que después transmitirá la “tele”, aunque con letra minúscula? No es seguro que
el ancestral ADN demuestre mayor paciencia y comprensión.
2ª) Imaginemos que 80.000
españoles (del monto preocupante de personas en paro que tenemos) resolvieran
de repente mudarse y, sin permiso, establecerse en la ciudad suiza de Lugano,
doblando grosso modo y porque sí todo
lo que requieren el funcionamiento y las coordenadas con las que esa localidad
se rige. Pretendiendo que la tensión brutal originada condujera a la
conveniente solución de sus problemas. “Buscándose
una vida mejor”.
Que es el lema que graban en su
escudo de paladines los teatrales e inconsecuentes y falsarios predicadores
ampulosos de la igualdad humanitaria y los etcéteras; los que mienten con el
reparto de los panes y los peces, ya que son los antípodas de Jesús, el
Maestro, y ni el poder ni la decencia ni las verdaderas ganas anidan en sus
planes.
Son los que, en el delirio
globalista y buenista de sus reuniones de alto nivel (con previsible aroma y
humarada de maría), rehúsan aceptar
que no existe tarta infinita que alcance para todos, ni de coña.
Y que, por eso, la realidad sin
maquillajes la componen países con fronteras, con particulares asuntos propios
y averías que ir reparando, como para ponerse a arreglar el planeta con parches
Sor Virginia.
Es trampa saducea llamar al
sentido común insolidaridad, xenofobia y otras palabritas de la demagogia
dogmática. Y son los mentirosos y los estafadores quienes, fomentando la
confusión, mejor saben que los desajustes del mundo no se arreglan fingiendo
una piedad falsa y unos derechos imposibles.