viernes, 9 de enero de 2026

De momento,

 

la sucesión, el relevo los toma Delcy, que está muy lejos de ser trigo limpio, y aun trigo.

Hechura del mismo clan, pero como ya le ha visto las orejas al lobo, va amoldándose, o lo simula, a las condiciones que el nuevo superjefe le marca. Dice ella, con su nombre de culebrón televisual, con su dedo enhiesto, vertical, admonitorio, y por la negra honrilla, que sólo Dios decide su destino, obviedad teológica que hasta los ateos intuyen, pero se anda con ojo y, si colabora, igual le conceden una semicómoda, o incluso lujosa, jubilación cuando corresponda. Cuando el avispero sosiegue, que va para largo.

Como fórmula de transición no es seguramente la peor, y quizá disminuye la no imposible -todo lo contrario- guerra civil que los pros y las contras del circo bolivariano podrían organizar a poco que los ánimos vayan caldeándose.

Donald apenas disimula algo menos que sus antagonistas rusos, chinos, iraníes e incluso cubanos, por ejemplo; por lo demás, son burros del mismo pelo (como siempre, contendientes en la pretensión de la sartén por el mango) y el poder y el dinero son los puntos de referencia, los resortes, los medios para que, animales de fondo, no se nos olvide el argumento de “la razón de la fuerza”.

Cómo será esta áspera realidad, que hasta Pilar Rahola, tan porfiada, díscola e independientosa que es, manifiesta que, entre los dos bloques que no dejan de existir, ni nos dejan existir, tiene claro y prefiere éste de acá, al que pertenece. Al que le y nos toca, majetes, que vale ya de tontunas idealistas, desplantitos chorras y minidesafíos. Porque sí, no mola ser colonia, pero quizá sea mejor eso que el desastre “pa” siempre y del “tó”.       

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