Noctámbulo y
dubitativo parecía en ocasiones, que es como decir filósofo del trasnocho,
bohemio quizá, más en teoría que en abrupta y valentona práctica, lo conocí
mezclando en su coctelera demoradas observaciones, anhelos pendientes, sueños que
se cumplían o no.
De esa madeja
tejió canciones como la que da título hoy a este comentario, que vuelve a
saludar ya en ausencia a Noel Soto, trovador de pro, madera resistente que fue
de una escuela que, años ha, viene, qué pena, desvaneciéndose.
Cuando el
rumbo era de amores, nada que ver con los entonces inimaginables cantores salvajes
de ahora que, jaleados por la ordinariez y el deplorable paladar mayoritario,
andan, como mínimo, “empotrando” con las frases más soeces a sus mozas, quienes
parecen sentirse de lo más halagadas y conformes mientras esgrimen con paradójica inconsecuencia e
ignorante indigestión las pancartas más fieras de un dizque feminismo, tan de
baratillo que pocas veces habrán sido menos necesarias tales alforjas en viaje
alguno.
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