jueves, 8 de enero de 2026

El cuento de nunca acabar

 

Noctámbulo y dubitativo parecía en ocasiones, que es como decir filósofo del trasnocho, bohemio quizá, más en teoría que en abrupta y valentona práctica, lo conocí mezclando en su coctelera demoradas observaciones, anhelos pendientes, sueños que se cumplían o no.

De esa madeja tejió canciones como la que da título hoy a este comentario, que vuelve a saludar ya en ausencia a Noel Soto, trovador de pro, madera resistente que fue de una escuela que, años ha, viene, qué pena, desvaneciéndose.

Cuando el rumbo era de amores, nada que ver con los entonces inimaginables cantores salvajes de ahora que, jaleados por la ordinariez y el deplorable paladar mayoritario, andan, como mínimo, “empotrando” con las frases más soeces a sus mozas, quienes parecen sentirse de lo más halagadas y conformes mientras  esgrimen con paradójica inconsecuencia e ignorante indigestión las pancartas más fieras de un dizque feminismo, tan de baratillo que pocas veces habrán sido menos necesarias tales alforjas en viaje alguno.    

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