Por televisión
nos llega la que quedará como actuación de despedida de ese gran maestre de la
canción que ha demostrado ser Sabina, don Joaquín, a lo largo de una carrera
ejemplar, más literaria que musical, como artesano (así se define él), escritor
de canciones.
De un copioso
repertorio de bien trabadas y logradas canciones, en las que este admirable
relator ha lucido su ingenio, sus facultades a la hora de versificar una mirada,
principalmente urbana y madrileña, y la peripecia personalísima de su andadura
y aventura en la vida y en el escenario.
Con un
público numerosísimo y entregado, al que para ello “le sobran los motivos”, abarrotando
el estadio, sobrio y clásico, reposado el paso, Sabina dijo adiós con emoción
no ruidosa y gratitud consciente, entre sus músicos acompañantes y los laureles
de un éxito que merece y ha ganado a pulso.
Luego, la
misma “tele” se dejaba caer con las “monerías” presuntuosas de la Índigo. No
hubo manera de sobreponerse al contraste.
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