Para no
desmerecer de la falta de escrúpulos generalizada que caracteriza a los
políticos que padecemos, Rufián (a quien el Destino ya condecoró con un
apellido singularmente incómodo y tal vez descriptivo) pretende aglutinar -y si
se encarta, capitanear- esa quimérica y cíclica refundación de las izquierdas
más o menos extremas y comunistoides, cuyas principales señas de identidad son
la arrebatiña de traiciones y delaciones, el protagonismo cainita y sectario y
el afán de medro descarado desde una raíz de rencores y envidias que en esa
facción es casi la sola coincidencia, heredera chiquilicuatre de las añejas mierdas
soviéticas.
Gabriel,
híbrido de payaso patoso y provocador tribuno de taberna, ejerce un tonito
burlón y afectadamente pausado que no lo salva de su condición de separatista
profeso. Y en resumen, este no tan mozo ya, sólo va a engañar a los más
desnortados de la parroquia, malgastando en sus típicos fraudes la relativa
desenvoltura que no se le niega, con su personal madera de tunante fresco y
desperdiciado trepa a sus horas, que son todas.
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