los gasolineros
no han tardado ni un segundo en aumentar el precio del combustible en los
surtidores de sus estaciones de sevicia.
(Leen Uds.
bien SEVICIA; un puto juego de palabras en circunstancias que deberían causar
motines y linchamientos en vez de nuestras resignadas y aborregadas risillas de
genuflexo cachondeo español). Y siempre lo hacen así, sinvergüenzas sabedores
de que sus depósitos almacenados, sus “stocks”
los compraron -y pagaron- antes de que el reciente y vigente arreón contra Irán
diese causa, motivo o pretexto para ese desconsiderado, apresuradísimo y
chuleador ajuste.
Claro que cuando
los máximos ladrones de España son sus gobernantes, el ejemplo venenoso no hace
más que cundir. Y cabe preguntarnos para qué mierda sirven las irrelevantes
asociaciones de consumidores, teóricas y patéticas e inoperantes de una utópica
resistencia contra los infinitos abusos que proliferan amparados en esa cosa -liberal,
sí, pero infectada de perversión- que con gentil y canallesco disimulo llamamos
economía de mercado, mercado libre, etc., y que significa que el pez grande se
come al chico, brutal conclusión sin escapatoria que tanto afean a Donald
Trump.
Con lo que sobra
de hipocresías y palabras con trampa y malas intenciones, habría que hacer una
falla gigantesca, un jodido auto de fe, en el que ardiese, ojalá para siempre, el
impresentable factor de la mala leche humana.
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