Alto, bien
plantado, con estudios y entrenamientos varios de calidad superiorísima, de
esmerados aprovechamiento y consistencia, la Constitución (que su señor padre
impulsó y estableció, en acuerdo con la sociedad civil, política, militar y
eclesiástica) lo sitúa como símbolo del Reino de España y su máximo
representante institucional para las relaciones internacionales y así.
Ya, como
árbitro con facultades decisorias, esa misma Constitución le tiene vetadas,
incluso descartadas, determinadas formas de intervención, de participación, en
esas “zarandajas” que dan que pensar, en estos tiempos de cuestionamiento y
pragmático, casi feo y ordinario utilitarismo.
Porque los
españoles, revoltosos a rachas, y azuzados a menudo por los políticos de turno
con aficiones al trastorno, se van preguntando lo oportuno del cargo y la
figura. Y ahí lo tenemos, algo aséptico, neutral y equilibrado por definición,
reinando sin gobernar, claro, con su consorte al lado, más “moderna” de origen
y criterios y tan influyente como las damas suelen ser con sus correspondientes
caballeros.
Ahora,
atendiendo a quejosos y desquiciados requerimientos de sesgados gobernantes
mejicanos, anda con los paños calientes de la diplomacia ambigua, hablando de “abusos”
con drástico y no perdonable yerro de perspectiva. Dicho en breve: medir el
mundo del siglo XV con la óptica de nuestro vigente XXI es una majestuosa y
desacreditadora tontería (Julio dijera “y
lo sabes”). Tontería impropia de alguien a quien como a Felipe, sus todavía
algo partidarios gustosamente queremos reconocer la formación y la
inteligencia.
Así que, sin
reclamar improcedentes peticiones de perdón, resuelvan los mejicanos entre sí
la condición mezclada, inevitable, de su genética, de sus muy mayoritarios
apellidos españoles (los de sus antepasados en la remota época épica de las conquistas
y civilizaciones); pasen en -qué coincidencia, vaya- lengua castellana la
caprichosa factura a sus bisabuelos, criollos de las independencias; y sobre
todo, no estaría mal que corrigiesen los líos del Méjico actual, que ya van
servidos de tarea.
En esta
movida, ¿se aconseja, se induce a Felipe? ¿Se le medio compromete? ¿Habrá quien
piense que, en ocasiones, calladito se está más guapo?
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