-solamente- a
esas Cumbres, parece poquísimo si se tiene en cuenta el mayúsculo
desbarrancamiento que va a producir de forma inevitable un amor tan torturado como cuenta la “peli”.
Los críticos
(seudos casi todos) más descontentadizos y refitoleros, esas ratas miserables,
reprocharán seguramente a esta enésima adaptación al cine de la novela de Brontë
su exceso de belleza formal y la disposición enfática y elaborada de las
imágenes. Mas para el espectador de “buen saque” es una jugada gustosa, un
lucimiento para la Robbin, que consigue alto nivel en ese personaje caprichoso,
tiránico y apasionado de la protagonista, a cuyo lado palidece, con algún
envaramiento de tenebroso galán a lo convencional, el mozo a quien humilla y
somete, el enamorado sin límite, perruno y paradojal verdugo, hasta que,
vértigo y desastrísimo acumulados, el final, como se veía “de venir”, encaja y
encalla en el paradigma trágico y fúnebre clásico de la legendaria estética de
los románticos “old fashion”.
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