No fue una
inocentada fúnebre, dado el día en que se supo la noticia: a los 91 años,
Brigitte Bardot deja la escena y pasa a la reserva, o sea RIP.
Bien es
verdad que mucho tiempo hacía que había dado portazo al cine y a muchas de sus
exigencias, pasando a defender otras causas y cortando bastante por lo sano con
el estúpido mundillo de las más frívolas vanidades. Se lo pudo permitir quien
dio una brillantísima vuelta de tuerca más a la legendaria fama de seducción, glamour y encantadora belleza de que
presumen las “femmes” del espectáculo francés.
Cuando B.B.
la lió parda (que es frase que estaba por inventar) el mundo era otro y fascinó
a incontables legiones de admiradores, con una desenvoltura y un pícaro
atrevimiento que significaría casi su personal revolución, sin guillotinas,
pero con una imagen (peinado, figura y rostro) que imitarían, con gestos y
vestuario, con desplantes y vaivenes diversos, las más valientes y modernas de
sus contemporáneas. Y cuya escuela, cuyo estilo sigue siendo formidable y
vigente influencia, eco que resuena, tantas décadas después.
Fue mejor actriz
de lo que fingen concederle las envidias; se atrevió a cantar (¿recuerdan “Sidonie”
y otras?) con corta aunque sugerente (era la suya, claro) voz; la perseguían
los reporteros del escándalo, ciertas pacatas prohibiciones, en fin larga estela,
estolas de plumas, mirada insinuante y luego, madurez recia de, al parecer,
criterios y convicciones para ponerse el mundo por montera quien lo pueda.
El Hipocampo:
Alguna
ignorante e infeliz presentadorilla te ha llamado Brigitte BÁRDOT, con el acento cambiado. En tu rincón, seguro que se
estremecen los rizos de tu pelo y de tus enaguas de encaje.
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