Entre los
temas que con frecuencia nos viene presentando el cine, uno de los preferidos ha
venido siendo el que trata de la segunda guerra mundial y el conflictísimo que
los políticos (cuando no) armaron, nunca mejor dicho, en aquellos años.
Y, como escenario
estelar de primera clase, aquel juicio de Nuremberg en el que se ventiló como
se pudo todo el expediente.
En las
Salinas de Chiclana hemos asistido a la reciente versión de esa coyuntura: las naciones
vencedoras de la guerra enviaron a sus respectivos representantes para
constituir un tribunal penal internacional que se esmerara en el análisis y las
conclusiones. No es éste el mejor “film” realizado
al respecto, y este alegato de los magistrados para desmontar a Goering carece
de la pretendida brillantez y la eficacia que los personajes y el guion le conceden.
Se basa en un recuento enfático y conminatorio, aunque de rutinarias estadísticas,
de las víctimas y las fechas al que, en su propia responsabilidad, asiente el
interpelado dándolo por válido; y en la afirmación, más que natural, de que con
lealtad a su difunto jefe y su programa, lo volvería a hacer (frase que ¡oh,
sorpresa! los separatistas catalanes tan de moda han puesto en nuestros días).
En el reparto
de actores, Malek casi se come a Russell, siendo éste quien es. Pero la peli da
para, por lo menos, dos exigentes y revisoras consideraciones: cómo andaba por
ahí Stalin, dictando lo que sea el exterminio, en tanto que nadie osó juzgarlo
por el que él mismo cometió; y cómo la orgullosa democracia USA presumía de
condenar el racismo, asunto que todavía hoy, +- 80 años después, le sigue
cojeando, retóricas leyes aparte.
La salvajada
nazi, cuyo horror no se discute, obtuvo un suspenso en el examen, con ribetes
muy hipócritas, que se le hizo en Nuremberg.
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