jueves, 4 de diciembre de 2025

Nuremberg

 

Entre los temas que con frecuencia nos viene presentando el cine, uno de los preferidos ha venido siendo el que trata de la segunda guerra mundial y el conflictísimo que los políticos (cuando no) armaron, nunca mejor dicho, en aquellos años.

Y, como escenario estelar de primera clase, aquel juicio de Nuremberg en el que se ventiló como se pudo todo el expediente.

En las Salinas de Chiclana hemos asistido a la reciente versión de esa coyuntura: las naciones vencedoras de la guerra enviaron a sus respectivos representantes para constituir un tribunal penal internacional que se esmerara en el análisis y las conclusiones. No es éste el mejor “film” realizado al respecto, y este alegato de los magistrados para desmontar a Goering carece de la pretendida brillantez y la eficacia que los personajes y el guion le conceden. Se basa en un recuento enfático y conminatorio, aunque de rutinarias estadísticas, de las víctimas y las fechas al que, en su propia responsabilidad, asiente el interpelado dándolo por válido; y en la afirmación, más que natural, de que con lealtad a su difunto jefe y su programa, lo volvería a hacer (frase que ¡oh, sorpresa! los separatistas catalanes tan de moda han puesto en nuestros días).

En el reparto de actores, Malek casi se come a Russell, siendo éste quien es. Pero la peli da para, por lo menos, dos exigentes y revisoras consideraciones: cómo andaba por ahí Stalin, dictando lo que sea el exterminio, en tanto que nadie osó juzgarlo por el que él mismo cometió; y cómo la orgullosa democracia USA presumía de condenar el racismo, asunto que todavía hoy, +- 80 años después, le sigue cojeando, retóricas leyes aparte.

La salvajada nazi, cuyo horror no se discute, obtuvo un suspenso en el examen, con ribetes muy hipócritas, que se le hizo en Nuremberg.   

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