por las incesantes comilonas que
celebran en el pesebre oficial, ahora, tarde exprofeso por la orden terminante
e inapelable de su amo, como los esclavos serviles y amedrentados que son, los
ministros acudirán a “dar explicaciones” que nunca tienen, y que son mentiras
miserables para apuntalar las fechorías que el jefe ejecuta, con su
colaboración delincuente.
Esto, a la vista inexcusable de
todos los españoles; en el escaparate internacional que con piedad o desdén nos
observa; llevado a cabo con el más brutal recochineo del que es capaz la
banda podrida de ese chulo, con él a la cabeza…
La Revolución francesa, que tanto
prometió y luego desbarrancó en el decente cumplimiento de aquellas ilusionantes
promesas, puso de moda drásticos ajustes que más tarde, Historia adelante, se
han ido desestimando, también algo desacreditados por la discutible eficacia de ésa y otras revoluciones para limpiar la
basura. Claramente (trá, trá) el mapa
y los tiempos se han vuelto elásticos y pusilánimes. Ya no queda casi nadie que
con nostalgia los evoque, y sólo nos acordamos de Françoise Hardy, que nada
tuvo que ver y en paz descanse.
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