Que se paseó (no muy largo, el
recorrido) por esa Ceuta en gravísimo peligro de ser devorada, y recibió, como
es natural, diversas muestras de rechazo por parte de personas que no se
sienten nada defendidas por su ministerio de Defensa. Quizá pitos, que no
palmas, del respetable en esa corrida.
También se avino Margarita a
consolar a una señora, asustada con fundamento, por lo que en esa ciudad lleva años
ocurriendo y se ha recrudecido exponencialmente con la invasión de estos días
atrás, suma y sigue. Llorosa y compungida la ciudadana, con más razón que un
santo, asombrosamente cedió su zozobra con el “oportuno” abrazo y los minutos “comprensivos”
que le concedió Margarita, quien hace -más que otros- como que da la cara, pero
con prioridad de obedecer al puto jefe y disimular y secundar sus tropelías,
bien sea por miedo o por conservar la nómina y los chollos que el cargo
conlleva.
Luego, cuando cesó el llanto, la
señora empezó a darse por atendida y casi que confía ya en que, por esta vez,
no le han tomado el pelo con promesas de apaciguamiento de la horda y de
aventureras soluciones elásticas. Esa atribulada señora, que rogaba POR FAVOR
el respaldo y el apoyo que debería EXIGIR CON AIRADAS Y JUSTIFICADAS MANERAS,
regresó así a la penosa mansedumbre que, en estas calendas vergonzosas, nos
anega a los españoles.
Quién diría que somos los
descastados y grimosos herederos del estilo que combatió en Flandes, tumbó a su
fresco correspondiente en Fuenteovejuna, alzó el 2 de Mayo y, entre otros detalles menores, conquistó (sí) y civilizó
(también) América, etc.
La Robles, la juez de la
margarita y los pañitos calientes. ¡Uf!
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