De entre los fenómenos que el
cielo nos depara con espaciada periodicidad, este que ahora de nuevo sobreviene
ha despertado, faltaría más, la curiosidad desmedida, la adhesión sin ambages,
el casi fanatismo de nuestras incontables muchedumbres y de las ajenas, tan
numerosas o más, si cabe.
El eclipse. Que nos lo han
descrito con relativa sinceridad y pasable conocimiento, desde hace semanas,
por si quedaba algún terrícola por informar, que parece que hay gente que no se
entera.
Embobados como “niños chicos”,
esta tontuna cósmica se ha llevado por delante la práctica totalidad de las
demás noticias. Y los raudos mercaderes han sacado a la venta unas oportunistas
gafitas protectoras que son, o no son, genuinas y eficaces contra los daños en
los ojos o meros subproductos de imitación y algo mayor estafa, que no protegerán
una mierda a tanto tardío y pintoresco “adorador del sol” o de su omisión
transitoria (breve de suyo: el show
apenas dura dos minutos mal contados) que añora el comportamiento ritual,
supersticioso y simbólico adivinatorio que el hecho debía producir en las
tribus más antiguas y/o primitivas del planeta.
Vamos así, atónitos y
rabiosamente noveleros, zarandeados y algo timados por la globalización, un
poco ñoños, a ver.
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