No son los tiempos ya en que el amor cortés (así lo han llamado) ocupaba
el plectro y la pluma de los trovadores, glosando y dejando para las venideras
generaciones aquella estela (aquella Estella) de sensibilidad, respeto, casi
veneración en que los caballeros “bebían los vientos” (esta locución es de
épocas más bien castizas ya, muy metidas en las carnes más próximas de nuestra andadura
por el valle de lágrimas) por sus damas, gratísimas o desdeñosas incluso que
fueren.
Ha llovido. Yo mismo, en la corta
vida dispersa entre guitarrista eléctrico y/o acústico, y nazareno joven de la
cofradía sevillana de Montesión, tan solicitado anda mi desespero con los
sucesos que nos trastornan la convivencia ciudadana y el cotidiano paso, que me
descoso y me desgrano en ese sinvivir que, según se mire, vale por un sindios.
Y aun así, ahora que la distancia
entre nuestras edades se relativiza; ahora que los almanaques respectivos se cuentan
en números respetables; ahora que nos cansan pronto las actividades que ni
esfuerzo significaban; ahora que nos ceden el asiento en el Metro de Madrid, en
atención a esta ya visible y venerable veteranía (aliteración en V) que no
acabamos de vislumbrar ni asumir del todo…
Ahora que me veo de mejor temple
y empaque vestido de calle que con el bañador playero… me asombra y me encanta
encontrarte en tu ser, apenas modificado, con tus piernas de gentil esquiadora
y ese carácter al que conviene acercarse con un mínimo de cautela.
Y me digo a mí mismo: vaya que me
gusta esta mujer. Cosa del cariño, digo yo que también será.