Acerca de esta sesgada realidad
en que nos movemos, de buena tinta se sabe que existen observadores conspicuos
y otros velociraptores residuales que asocian y aplican la palabra “diversión”
a las actividades generalizadas en las playas veraniegas, con júbilo
multitudinario compartidas y muy someramente examinadas en su conjunto.
En algo distante posición
argumental, tenemos noticia de que ciertos ciudadanos han expresado su atónita,
aunque resistente, opinión de que, “grosso
modo” (sin “a” delantera que
desvirtúe el giro), el máximo entretenimiento en esta variedad vacacional
consiste en lo que, con no desanimada metáfora, han denominado TENDENCIA POCO
REFLEXIVA AL COMPORTAMIENTO DEL PÉNDULO.
Consultados los especialistas en
dicha teoría, la razonan o dilucidan del siguiente modo: la puesta en práctica
de tal afición se manifiesta en la compulsiva costumbre de bajar al sol más o
menos implacable que cunde en los espacios abiertos en verano (y que paradójicamente
se intenta rebajar mediante el uso indiscriminado de sombrillas), y a
continuación, cuando el calor acumulado lo sugiere a gritos, con rauda carrera
zambullirse en la mar de turno, como lenitivo que adormece la anterior tortura.
Si con fortuna Ud. accede a un grado aceptable de equilibrio térmico reparador,
de inmediato es descartado con singular incoherencia, recurriendo y retornando al
territorio de soleado secano que la arena gentil ofrece. Transcurrida una diversa
porción de tiempo, y recobrados los efectos invariables que pueden suponerse,
la sutil decisión se reproduce, con un tesón asombroso que no nos libra de
sospechar que, como especie animal o humana que pretendamos ser, algo
caprichosa sí que hemos salido.
Estas líneas, que no osan aspirar
a ensayo, las va incubando el Hipocampo, oscilante y ecléctico y en ocasiones más
discontinuo de las musas de lo que quisiera. Y háganse cargo, Vuesas Mercedes.