Ud. sí que sabe. Eso se puede
decir de Steven Spielberg, quien demuestra estar en plena forma sosteniendo en
alto y prolongando su larga y fecunda trayectoria en el cine, con la “peli” que
acabamos de ver.
Su propuesta, su tema,
misterioso, apasionante y muy investigado y debatido desde hace décadas, tan
instalado está en la opinión colectiva que pocos escépticos quedan ya con
objeciones: porque el asunto es que NO ESTAMOS SOLOS.
Es más, si cada año los nuevos
avances y descubrimientos en las ciencias que estudian el cosmos tienden a
despejar las dudas más reticentes, va siendo imposible (e ilógico) que en tan
infinitas dimensiones no existan formas de lo que aquí hemos nombrado “vida”.
Con los matices diferenciales que iremos encontrando -o que vayan encontrándonos
los visitantes-, por mero recuento verosímil y aritmético, porque lo que hay
son incontables millones de estrellas, de mundos, y ya no da para la exclusiva
doméstica de nuestra vanagloriosa e ingenua especie.
“El día de la revelación”, que
engancha con numerosos méritos, toca asuntos estremecedores que habrá que
plantearse abiertamente, en serio, y revisar por los 8.000 millones de gentes
que andamos por aquí, presumiendo de “interesantes”. Y puede que el
reconocimiento y la notificación oficiales originen un trastorno, nunca mejor
dicho, mundial. Pero no nos escapamos de ésta; y Steven nos lo avisa, nos lo
cuenta con maestría seductora, con encanto, oficio y experiencia.
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