Imposible, y tampoco necesario,
abstraerse; además los medios de difusión/confusión no han descansado desde
hace días y profusamente han repicado todas sus campanas para que en ningún
rinconcito del planeta ocurra un descuido y no se enteren.
Las multitudes enfervorizadas ya
sienten el frenesí previo que ni siquiera mitiga el desembolso brutal de
dinerín que los espectadores con entrada física han tenido que asumir. Espectadores
distribuidos en gamas diversas cuya descripción no varía mucho, se llamen
forofos, hooligans, o colectivamente y en plural las “hinchadas”. (Puede ser
que esta última palabra ya esté un poco en desuso; pero abónese a mi relativo
desconocimiento de todo el fenómeno.) Gran afición mundial por este deporte que
nos quita el sueño a Pablo Motos y a este servidor, “sí que es verdad” su gigantesco tirón y los fanatismos que
coyunturalmente despierta. Hasta los renegados, que lo dicen ser o lo son,
subrepticiamente, como si dijésemos de tapadillo, estarán pendientes de la
selección española de fútbol (estamos escribiendo de eso) que contiende con la
homóloga argentina para llevarse al agua tan codiciado y gigantesco gato.
Ignoro si hay en aquella que sí es república, protestones afines: quizá no.
Gran final. El palco más
llamativo en el macro estadio va a ser el que previsiblemente ocupen personas tan
diferentes como Felipe, Donald y Sánchez, cuya morbosa diversidad dará las
mejores alas al cotilleo.
No estoy en que gane el mejor,
sino el que pueda. Y que, en ambos casos, ojalá sean los nuestros. Los que nos
representan a quienes con toda claridad somos, sin ambages, españoles.
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