El cine nos ofrece otra vez una
versión de los relatos clásicos (Ilíada, Odisea), según los cuales Troya no se
rindió y hubo que vencerla y saquearla mediante un ardid, un engaño célebre
atribuido a Odiseo (quizá más popular entre nosotros con el nombre de Ulises):
un caballo preñado de guerreros ocultos que, en la noche… etc. Y a más a más,
viene luego el regreso a su isla, la aventura de fantásticas peripecias
múltiples del astuto líder, rey de Ítaca.
El “film” de ahora, de larga duración y grandísimo estruendo sonoro en
las escenas más tremendas y fragorosas, incluye planos de mucho acierto junto a
ocurrencias que a Homero le roen los zancajos: un Agamenón robótico, rígido y
elusivo maniquí, que se toca con un yelmo de diseño “creativo” e inverosímil,
entre vértebras y alien; yelmos, también, de difícil y escayólica digestión,
para las huestes troyanas, los cuales serían objeciones menores dentro del capítulo
del vestuario.
Mas hay una “perla” mayor: la
apuesta audacísima, singular y desafiantemente “atrevida” de encarnar a Helena
en una actriz de raza negra. Suena a guiño cómplice, a halago facilón y puede
que endeudado con el sector woke, que predica lo relativo de todo, a caballo (de
Troya) de unas manías disolventes que incluyen las paranoias de la “inclusión”,
la ideología “de género” y otras crípticas lindezas. Suena a meras ganillas desfasadas
y apolilladas de épater les bourgeois,
si recordamos -también en el cine- a esa mujer, a ese personaje que
inolvidablemente representaron, por ejemplo, Diane Kruger y todavía antes y con
más alta definición Rossana Podestá, etc.
En esa línea de caprichosa escenificación,
recomiendo, a la hora de “quiebro” en una visión de futuro cine de personajes,
que sean:
Para Lorca, que ya tenía lo suyo,
a Dwayne Johnson.
Para Lenin y Marx, a los Javis.
Para Isabel II de Inglaterra, a
Shakira o mejor, a Mario Vaquerizo, y así.
Esta Odisea viene precedida de
tanta fama y tanta gloria que igual se nos desinfla un poco; y también porque
está gastado ya y es un “pelín” chistoso el rupturismo porque sí.
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