lunes, 20 de julio de 2026

La Selección española de fútbol

 

es actualmente un sólido equipo de estupendos jugadores que, dirigidos con sabiduría y oficio por un gran entrenador, ayer y con todos los merecimientos se alzó con el título del campeonato del mundo, derrotando con muy superior estrategia y entendimiento a unos rivales argentinos que intentaron suplir su inferioridad con diversas muestras de malos modales, empujones, patadas, zancadillas, etc. muy fuera del nivel mínimo que cabe incluir y esperar en este deporte que algo de contacto tiene, claro.

Varias cualidades avalan a esta Selección, no siendo la menos importante la cohesión y el estilo de un juego colectivo que descarta protagonismos individuales: si hay “estrellas”, están por suerte todavía en relativo agraz; ya tendrán tiempo para ir manifestándose cuando los años por cumplir y la vanidad -el ego- saquen a flote ese humano brillo.

Por ahora, el resultado es indiscutible y acreedor de los máximos reconocimiento y aplauso. Y serán también comprensibles la euforia y el entusiasmo de los aficionados, el estallido de su júbilo y las consiguientes y reiteradas expresiones, incluso hiperbólicas, que durante varias jornadas nos están aseguradas.

Se puede quedar aquí, en esta gran celebración para los españoles. Y omitir o no el sofocón de los renegados cuyo encono (que siempre exhiben con beligerante destemplanza) es la penitencia de su pecado, de ese no dejar vivir que los define. Elijan Vuesas Mercedes.    

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