El cargo que ocupaste (presidente
regional, funcionario del Reino de España), como sutil ocurrencia lleva adjunto
el adjetivo “honorable”. Y esta palabra, curiosa muestra de una sobrante y
sobrada vanagloria, debería comprometer los comportamientos si no queremos que
se quede en farolazo cursi o antojo de cateto.
O sea que, con dinero que “no
toca”, organizar un trastornazo de sedición (rebelión con armas metafóricas,
urnas ilegales, con mentirijillas y subterfugios) y salir huyendo enseguida con
precipitación cobarde -porque otros “colegas” se quedaron a aguantar el temporal
y dar la cara- no es precisamente una conducta “honorable”. Y, ya puestos, has
estado correteando y camuflándote por parte del mapa europeo, esperando con
estilo paradojal que a un corte de pelo como el tuyo le pintasen calva la
ocasión de ser perdonado de algún delito que otro. Asunto que te canjeó por
obligatorios apoyos parlamentarios el presidente calamitoso y maligno que nos
viene arruinando a los españoles los últimos 8 años.
De manera que, próximo tu
regreso, ufano de que, envuelto en el aura de tu quimérica “causa”, le has
ganado el pulso a la decencia, vendrás como ejemplo de burlón desafiante, de
triunfito trilero que al Sánchez le impuso la horma de su zapato. La peripecia,
de paso, da la medida de vuestras similares tallas de “próceres”; de la
política arrastradita con la que el presente se mueve. Un primor.
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