miércoles, 24 de junio de 2026

Aconteceres

 

No son los tiempos ya en que el amor cortés (así lo han llamado) ocupaba el plectro y la pluma de los trovadores, glosando y dejando para las venideras generaciones aquella estela (aquella Estella) de sensibilidad, respeto, casi veneración en que los caballeros “bebían los vientos” (esta locución es de épocas más bien castizas ya, muy metidas en las carnes más próximas de nuestra andadura por el valle de lágrimas) por sus damas, gratísimas o desdeñosas incluso que fueren.

Ha llovido. Yo mismo, en la corta vida dispersa entre guitarrista eléctrico y/o acústico, y nazareno joven de la cofradía sevillana de Montesión, tan solicitado anda mi desespero con los sucesos que nos trastornan la convivencia ciudadana y el cotidiano paso, que me descoso y me desgrano en ese sinvivir que, según se mire, vale por un sindios.

Y aun así, ahora que la distancia entre nuestras edades se relativiza; ahora que los almanaques respectivos se cuentan en números respetables; ahora que nos cansan pronto las actividades que ni esfuerzo significaban; ahora que nos ceden el asiento en el Metro de Madrid, en atención a esta ya visible y venerable veteranía (aliteración en V) que no acabamos de vislumbrar ni asumir del todo…

Ahora que me veo de mejor temple y empaque vestido de calle que con el bañador playero… me asombra y me encanta encontrarte en tu ser, apenas modificado, con tus piernas de gentil esquiadora y ese carácter al que conviene acercarse con un mínimo de cautela.

Y me digo a mí mismo: vaya que me gusta esta mujer. Cosa del cariño, digo yo que también será.                   

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