Claro que estaba al caer. Que
cómo iba a pasársele al señor juez reparar en la existencia y la implicación de
esas dos bigardas relativamente garridas cuyo angelical padre se ve que creyó
buena idea iniciarlas, incitarlas a explorar ese mundo jugoso, tentador de los
grandes negocios de la mediación y la comisión a escala internacional.
Ahí es nada: coqueteo
posiblemente delicuencial con un mundo brillante, de “film” de intriga, aventuras y “glamour”,
007, el Dr. No, la leyenda completa mezcladora de lujos, chanchullos de gran
dimensión, casinos royales de vertiginosas apuestas, hotelazos, aviones
privados, contactos y encuentros en la milésima fase… en fin, un panorama seductor
de jet-set con trastienda, zancadillas vip y, si al caso viene, que suele
venir, claro es, tráfico non solum de
influencias sed etiam de todo lo que
se ande traficando.
Los escrúpulos de conciencia,
como se diría que no la hay, se aparcan en polvoriento desván; lo que ocurre a
veces es que de esos polvos irredentos salen los sucesivos lodos.
Aleteando alrededor de este
sindios, el sector más ñoño, irreflexivo o hipocritón del público se
escandaliza y apiada (o lo aparenta) de esas “niñas”, que no lo iban siendo ya
cuando aquella tragigótica visita al otro santurrón Obama, casi personaje que
cantara Antonio Machín, al son de sus maracas. Pero el tiempo ha ido pasando y,
camino de la treintena y exagerando un poco, lo que también a ellas atrae es “el
color del dinero”.
Y es que con ese ejemplo paterno/farsante,
ya me dirás.
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