lunes, 15 de junio de 2026

Igual...

 

no éramos bastante “de barrio”.

Ni bastante aparatosos, seguramente, disfrazados o atildados, cresta teñida va, lentejuela y pincho vienen.

Nada aficionados a la estridencia, no aspiramos mayormente a intervenir en la revolución que se quiso que fuera lo que comenzaba paso a paso, la efervescente y bulliciosa, atrevida hasta cotas de insolente ignorancia, agujereada de contradicciones y postureo “movida”, sobre todo en Madrid.

Tampoco éramos de mucho bailar o movernos en el escenario: ni descoyuntaditos a lo tecno ni heroicos guerreros de la contestación y la anarquía. De hecho, en las actuaciones que se nos conocieron, aparecíamos cantando y tocando sentados, discreto símbolo del sosiego.

Igual éramos algo maduros para nuestra edad, aunque no para otras cosas; algo educados -sin pijerío- y modosos, de champú frecuente, no sé ya si se me entiende…

Cuidadosos al escribir canciones, se trataba de encajar el argumento de la letra con los acentos comprometedores que ésta y la música nos señalaban. Y que la música, también y a veces previamente, nos exigía elaborar la línea melódica y sostenerla con un andamio de acordes lo más granado y trabajado posible.

Sin presumir gran cosa, fuimos SOLERA, primero y CRAG a continuación, ese singular experimento de desunión en su propia nube al que tal vez por eso, que no lo creo, con reiteración se nos suele omitir en los recopilatorios más ufanos y vanagloriosos que, al respecto, emite la “tele”.

Ni los sobrevivientes veteranos de la sedicente “crítica especializada” nos recuerdan. Y eso que les hicimos su traje a medida.       

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