no éramos bastante “de barrio”.
Ni bastante aparatosos,
seguramente, disfrazados o atildados, cresta teñida va, lentejuela y pincho
vienen.
Nada aficionados a la
estridencia, no aspiramos mayormente a intervenir en la revolución que se quiso
que fuera lo que comenzaba paso a paso, la efervescente y bulliciosa, atrevida
hasta cotas de insolente ignorancia, agujereada de contradicciones y postureo “movida”,
sobre todo en Madrid.
Tampoco éramos de mucho bailar o
movernos en el escenario: ni descoyuntaditos a lo tecno ni heroicos guerreros
de la contestación y la anarquía. De hecho, en las actuaciones que se nos
conocieron, aparecíamos cantando y tocando sentados, discreto símbolo del
sosiego.
Igual éramos algo maduros para
nuestra edad, aunque no para otras cosas; algo educados -sin pijerío- y
modosos, de champú frecuente, no sé ya si se me entiende…
Cuidadosos al escribir canciones,
se trataba de encajar el argumento de la letra con los acentos comprometedores
que ésta y la música nos señalaban. Y que la música, también y a veces
previamente, nos exigía elaborar la línea melódica y sostenerla con un andamio
de acordes lo más granado y trabajado posible.
Sin presumir gran cosa, fuimos
SOLERA, primero y CRAG a continuación, ese singular experimento de desunión en su propia nube al que tal
vez por eso, que no lo creo, con reiteración se nos suele omitir en los
recopilatorios más ufanos y vanagloriosos que, al respecto, emite la “tele”.
Ni los sobrevivientes veteranos
de la sedicente “crítica especializada” nos recuerdan. Y eso que les hicimos su
traje a medida.
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