Imposible del todo quizá no sea
encontrar algo parecido a una virtud que pudiera anidar -acaso por equivocación-
en el corazón de piedra que se le supone a todo criminal que se precie.
Mas, a poco fino que se quiera
hilar, cuesta trabajo creer que, en caso de apuro, la lealtad será esa
hipotética virtud. Vamos que, siendo una mafia cosa bastante parecida a un
andamio de delincuentes en jerarquía, cualquier elemento puede torcerse y
derribarlo a cambio de según qué ofertas. Y ahí asoma el talón de Aquiles, que
es el delator (dicho en fino) o (rudísimo modo) chivato.
Que no se nos quiera vender una
conciencia arrepentida, confesando pecados propios que de rondón se llevan a
los “compis” al infierno o al purgatorio. Lo que hay es que la policía y los
jueces conocen la fragilidad de la costura y existe un mecanismo legal que
rebaja el DEBE al colaborador. La historia que se conoce (tan llevada además al
cine) nos proporciona lista numerosa de estas jugadas en el ajedrez de las
conveniencias y las connivencias.
Tenemos ahora, hoy mismo, un
ejemplo redondo con los principales “artistas” del “caso mascarillas”. Sórdido,
mísero el traidorzuelo que denuncia a sus socios en el “gang”; pero si sirve de ayuda, turbia y todo que es, vayamos
llegando a puerto, en medio de un oleaje que ya avisa a los navegantes y vale
como inspiración a los demás caníbales en espera.
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