Quizá se me dirá que trivializo,
que frivolizo, según los temas que algunos días empujan estas redacciones.
Tanto puede ser como que conservaré conmigo mismo una cierta y saludable dosis
de impermeabilidad.
Y es a propósito (los días de
desfile en que a Vuestra Majestad corresponde vestir el uniforme del ejército
de tierra) de la gorra que luce. No oso poner en duda que cumpla rigurosamente
con la estética y los emblemas previstos por el reglamento, pero me llegan a
incomodar (y aunque eso a nadie importe, claro) unas dimensiones que parecen
mínimas cuando observo y comparo con las (gorras) con que otros mandos y oficialidad del mismo
cuerpo se tocan en la misma ocasión.
Y, si no creo -que no- sufrir
alucinación o leve espejismo, me pregunto qué consejero áulico, qué asesor,
incluso qué consorte (tan minuciosa, dicen) han descuidado tal detalle. ¿No
parece la visera demasiado plana, recta y poco desarrollada? ¿No parece la
banda o casquete singularmente estrecha?
A Vuestra Majestad, alta y bien
plantada como de suyo es, mejor (y es opinión que no quiere ser atrevimiento)
le sentaría una más cumplida talla, sin salir del reglamento, por supuesto;
porque tal cual podemos verlo (o soy yo y nadie más) una pizca de desasosiego nos
roza, un aliento breve de, ay, efímera y rechazable discordancia.
Que no queremos ni sombras indebidas
en la cabeza de Vuestra Majestad.
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