domingo, 26 de octubre de 2014

¿De cuántas ciclogénesis puede hablarnos el telediario?



Hoy es un día raro que amaneció con sinfonías florales y acristaladas. Ni siquiera me enteré de que nos han cambiado la hora, esa cosa frívola con la que nos trajinan dos veces al año. Mejor sería que unos gobiernos decentes (pero no los hay) frenaran el insaciable canibalismo de las empresas eléctricas, tan decoradas de consejeros que se forran y, supongo, de accionistas complacidos.  
Un día raro, en el que el Hipocampo se aventura a extraer de los fondos de su cofre pirata, hecho de conchas y algas, una reflexión diagonal, como el movimiento de los alfiles. Ya te digo.
Me tienta tu ternura, tu, a veces, carácter satinado, aunque bien sé que son discontinuos, a rayas intermitentes, como la piel del tigre. Y que ello tiene un coste: “Dame permiso para aterrizar, pero luego no me pases la factura”, un Quique dixit, con personal acierto, con la sabiduría que debió darle la experiencia de la peripecia, pasablemente única, de cada individuo.
Porque no soy de hierro, ni de acero inoxidable, ni de indestructible roca (¿las hay acaso que aguantarían la erosión, el mero transcurso del viento y del tiempo implacables y los otros inevitables factores de lo que nos destruye?), cedo a la tentación de fabricarme, superponerme lo que no sé si soy, sin ser tampoco lo que, en ocasiones, tiendo a creer que podría llegar a ser.
Ni yo me explico; ni “a quién le importa”, Alaska. Ni a dónde vamos, ni cuándo, ni cómo (ya lo cantaba Nat King Cole, aquel negro de la voz dulce al que Sinatra le daba la preferencia y mi padre, en su personal órbita medio irónica, con guasa de Puente Genil, llamaba el Gañán).
¿Qué?

sábado, 25 de octubre de 2014

Palabras castizas



De entre la turbamulta de informaciones y deformaciones con la que nos fustiga la televisión, anteanoche nos explicaban que el barril (el Brent ese del que tanto largan) ha bajado su precio alrededor de un 20% y que para el consumidor (esos esclavos mansos y clientes serviles y sometidos que somos) de las gasolinas y el gasoil, sólo ha sido “retocado” en unos aproximadamente 4% y un 1, (coma) algo %, en muy injusta, hirsuta y mafiosa “correspondencia”.
Que esta faena se venga repitiendo históricamente mientras nos fusilan a velocidades de vértigo con todas las alzas, cuando se producen, no disminuye nuestra indignación.
Los barandas que controlan ese atraco y los desahogadísimos “representantes” del pueblo, a quien jamás defienden, son un hatajo de malandrines a quienes no sabemos si llamar cabrones o hijos de puta, porque acaso no merezcan palabras tan castizas.
Quizá eso del “morro que se lo pisan”, más contemporáneo, más de andar por casa.   

viernes, 24 de octubre de 2014

Los bares



Cualquier persona humana (incluso las que no lo son) los conoce. Y que los hay de variadísimos estilos.
Hoy evocaremos con preferencia los que, para crecer en alcurnia cosmopolita, se vienen llamando “pubs”.
Los más entonados y elegantes, tienden a la madera tallada, a los bronces y a las tulipas de controlado resplandor opalino; a la buena moqueta que contribuye al rumor calmo y asordinado que clientes de acreditada educación jamás profanarían.
En privilegiado emplazamiento se alza el notable altar o retablo casi barroco, la estantería profusa donde las botellas más diversas, como hermosas modelos de pasarela, exhiben deslumbrantes la fantasía infinita de sus formas, de sus etiquetas, relatando orígenes, remotas procedencias, aventureras heráldicas, prometiendo en fin toda suerte de sabores, sensaciones, éxtasis. Espejos biselados y luces indirectas, aunque estratégicas, aumentan su relieve y su incuestionable importancia, nunca disputada por pintura o grabado alguno en la decoración matizada, que nunca debe cometer excesos.
La barra… qué decir: las molduras, el frecuente mármol, el rodapié que ennoblece el grueso tubo de latón pulido y dorado…
Como sin par escultura de Praxíteles, el visitante habitual, el paradigma, nos admira con el logro artístico de su delicado y viril equilibrio: la copa, un poco en alto, un gentil y estudiado semicruce de gambas que aporta mero apoyo en un solo pie, y el codo, posado apenas, completando los casi milagrosos tres puntos que generan el ilusorio plano de los geómetras.
Los bebedores conocen el escenario, el ambiente. También los que, como yo hago a diario, abandonan la costumbre y la afición del alcohol.
El bar, el “pub” poseen un halo de magia, una tentadora sugestión de paraíso, muy difíciles de recusar.  

jueves, 23 de octubre de 2014

A ese lado de la rotonda



Había estado a punto de comprarse uno de esos Fiat de colores suaves que tan de moda se habían puesto. Pero le pareció, al final, que era “un coche de chica”, y con su carácter resuelto prefirió un Mini.
Ahí estaba, mirando los grandes y vistosos relojes del salpicadero, mientras esperaba los dos minutos que tardaría en llegar el autobús escolar cotidiano, en el que de inmediato subieron las niñas, siete y nueve años, camisas-polo blancas y falda escocesa en tonos rojizos. Ya arriba, desde la ventanilla, redoblaron los besos al aire y el manoteo juguetón del adiós, mamá. Partió el autobús, cumpliendo el itinerario de costumbre y ella esperó un poco más, a ese lado de la rotonda.

El hombre despertaba muy temprano, costumbre voluntaria, natural, desde que podía recordar. Cada día un café fuerte, el afeitado riguroso y lento, la ducha.
Al entrar en el garaje, presintió, antes que ver, los brillos de la Harley en la penumbra. (En algún rincón se obstinaba un grillo con un estruendo incansable de élitros. Había leído, o le habían contado que ése era el reclamo, la llamada para el emparejamiento.) Montó; dio el contacto; y el profundo sonido de la máquina impecable y poderosa lo llenó, como siempre, de satisfacción.
A esa hora, y más por aquellas urbanizaciones, apenas encontraba tráfico, mientras rodaba despacio para acercarse a ese lado de la rotonda.

En el abrazo de los cuerpos, ambos pensaron, sintieron que todo horario es maravilloso. Que el amor, la pasión, el deseo…

miércoles, 22 de octubre de 2014

Con los caraduras



mayores del reino, están teniendo demasiada corrección política más de cuatro emisoras de televisión que nos cuentan, con una neutralidad tan aséptica como cobarde o cómplice, que al fulano de turno le han pedido una fianza de tales y tales millones por tal y tal enredo que, no sin fundamento, se le imputa, y nos trasladan de paso tan suave y evasivo relato de la peripecia que ya va dando asco.
Se diría que las excusas que, ante los jueces, exponen estos magnos “choris” con el más insolente cinismo, van a servirles para soslayar el castigo que merecerían en una sociedad menos cutre y prostituida que la nuestra. Se diría que esos descomunales expolios y latrocinios son lo más natural del mundo y que, pobrecitos, no sabían, no entendieron bien el concepto de la pastizara mangoneada, etc., etc.
Nos quedamos de piedra ante la infinita frescura con la que se nos zarandea.
Y puede que haya que ir presintiendo que, un buen día y a no mucho tardar, un ciudadano desesperado y bragado producirá uno de esos escarmientos unilaterales y románticos, a lo Taxi Driver y entonces sí que van a cambiar las noticias de nuestras amables y normalizadas, anestésicas y parece que nada escrupulosas televisiones.