domingo, 6 de octubre de 2013

Con torpeza y bufidos



que ya van calificándote la condición, has arremetido, alambique de envenenados complejos y de envidias sin digerir, contra Mercedes.
No te diré que causas sorpresa, porque ya hemos visto que llevas años aniquilando con tu conducta y broncas redacciones el previsible y decente propósito que, con tu bautismo, debieron concebir tus padres respecto a ti.
Ninguna novedad. Hacerte un hueco en la literatura (incluso si es de grandes superficies), en la transitoria notoriedad de ésta que somos provincia del Imperio, con ordinarieces, chocarrerías, baratos atrevimientos y “pasadas de pueblo” que cualquiera con facilidad puede emitir por escrito, o llamar la atención con regüeldos y procacidades, no implica, en principio, indicio alguno de meritorio talento.
Ser basto está al alcance de hasta los más petardos. De ellos, sobre todo.
Pero, Almudena, qué feo despotricar, traicionar sin modales la causa con la que tanto ruido vivís metiendo.
A ver si resulta que lo que te molesta es que Alaya, capaz de tener inteligencia, valentía y apostura al mismo tiempo, trate de eliminar la ingente mugre que los visiblemente tuyos han desparramado por Andalucía.
Penoso que ser Grandes de apellido termine encharcándose con el rollo rebelado y rojo, es decir, rastrerillo y relapso, de la comparsa, de la horda, de los que por desgracia constituyen la parte chunga de los (míratelo en el María Moliner, fácil que venga) siervos de la gleba. 

sábado, 5 de octubre de 2013

Susana... ¿en serio?



Acaba de estrenarse en Madrid, eso del rompeolas, que ya son ganas de surrealista y onírico carro zíngaro.
Dos o tres cosas ha dicho, algo insólitas en su cuadrilla, que han encandilado enseguida a los noveleros, siempre ávidos de cualquier imprevisto, por más pequeño que sea, que los ayude a remontar su pasmo habitual, su mohoso y estéril nirvana, su “cuelgue”.
Esta heredera, realidad que ya la va lastrando, de los infames manejos de sus antecesores/mentores, parece que no cuenta con muy finos timbres personales- académicos-laborales, sólo que en nuestras crecientes calendas decadentes nos tenemos que apañar son el saldo de los segundones, y además los votantes casi que no pintamos una mierda, sometidos al mamoneo electoral vigente. 
Afirmo que si, contra todo pronóstico coherente, resulta ser la persona decente que buscamos como aguja en un pajar, y le mete mano a toda la plancha pendiente que acaba de asumir, yo seré el primero en voltear mis campanas, derrochar el incienso y la mirra de los parabienes y elogios, de los agradecimientos y vítores, de las gloriosas, laureadas, triunfales alegorías con las que, por ejemplo, el Martini (figuraba en las etiquetas de las botellas) solía ser premiado en certámenes internacionales cuando el mundo conservaba todavía su “savoir faire”.      
Dicho esto, ramplón y mísero latiguillo de esas aves de corto vuelo que suelen ser los llamados tertulianos de la radio, de la tele, así como los gacetilleros y similares de la muy deteriorada, corrompida, sectaria prensa de papel, me temo que Susana (sin diminutivo promocional ni ratón que la asista entre sueños cerca del radiador) será, como suelen, otro decepcionante y frustrador camelo.
Otro gato por liebre.
Otra espabilada, típica de estos tiempos cuatreros.
Y, desde luego, algo bastante diverso de la estrella de repente nacida que el pantocrator que rige a algunos aragoneses, en un rapto de ofuscada, calenturienta e innecesaria cursilería pasada de moda, se ha lucido diciendo que es.      
¡Ay, Señor!        

viernes, 4 de octubre de 2013

Post scriptum



Curioso que días después de que yo redactase lo anterior, como si hubiera surtido un efecto de conjuro (que seguro que “para nada, oyes”), hayas asomado la gaita para templar alguna aunque, siempre la adversativa, en tu conocido estilo de intentar quedar bien mientras tiras la piedra y escondes la mano.
Y ahora vayamos a lo de hoy.
Las colonias
Siendo músico de gustos sencillos y de aficiones aceptablemente leales, han transcurrido mis décadas en la costumbre de tres o cuatro variedades del agua de colonia que comportan además una deuda de afecto y gratitud defendida por mi tambaleante memoria, típico, con más o menos surrealismo o, alternativamente, con la gallardía del señor de horca y cuchillo que cualquier español bien nacido debería andar ejerciendo.
La más veterana puede que sea una que los pragmáticos intentarán disminuir, calificándola de “colonia de abuelos”. Ignoran el tesoro de recuerdos valiosos que “Varón Dandy” encierra, habiendo sido la casi única colonia que mi padre, y tantos señores de cuando los había, usaron a lo largo de su vida.
Puedo señalar otras dos, que siguen figurando, un montón de años de vigencia, entre mis predilectas: Floïd Blue, de distribución dificultosa o inestable, cuyo casual conocimiento obtuve del extremeño Martín con ocasión de algunos escenarios compartidos; y la que ahora es también recordatorio entrañable de aquel compañero bogotano, flemático y cortés, Latorre de apellido, ilusionado “baterista”, inevitable seducido por algunos brillos yanquis que acaso le llevaron a ser, como yo luego, cliente levemente asiduo de Old Spice, es decir, para mi joven traductora, la “botellita de leche”.
No olvido el Agua Brava, con la que las huestes del Parra podíamos perfumar el Parador del Ferrol del Caudillo (así se llamaba la ciudad) y que arrasaba en los tiempos dorados de JJ y otrosíes madrileños, cuya, a la colonia me refiero, volátil atracción llegó a incluir entre sus jóvenes audacias semiinocentes cierta niña de Juan Bravo.
Ni quitaría méritos a otras referencias populares, o exclusivas y finísimas que me ha sido dado experimentar: pero lo básico es lo básico.
Y siendo esto de los aromas materia esencialmente subjetiva, me río yo de los mohines de superioridad con los que, por encima del hombro, han de dignarse contemplarme, evaluarme, suspenderme en los exámenes, los árbitros de la elegancia, los siderales metrosexuales del diseño, los “iniciados” y cosmopolitas de nuevo cuño, los vanguardistas mariquitas simples, la larga y atildada fauna de los pollos pera, los petimetres…
Ya te digo. 

jueves, 3 de octubre de 2013

Macho Alfa



Por eso se te tuvo; así que podrías hacer algo.
Recuerdo que convenciste/embaucaste a muchos, con tu fácil y útil (por lo menos para tus propósitos) labia de mercader. Todavía, aventuro que permanece fiándose de ti gran cantidad de ingenuos y de bienpensantes que quizá se sintieran reconfortados si profirieses opinión, directrices, recomendaciones aproximadamente sensatas (que sé que puedes y andas escatimándolas) para ayudar a sacar el carro del atasco.
No así tu teatral, vanidoso y esperpéntico mozo de espadas (hermano del que hacía los negocietes en la sevillana Plaza de España), tan aficionado al anacronismo de los descamisados, a los que solía nombrar sin explicar que casi nunca fueron otra cosa que los aspirantes a poseer lo que tenían otros (fincas, trajes de alpaca, corbatas de seda natural, camisas con las iniciales bordadas, coches de “alta gama”, visas oro o platino, o uranio extraterrestre, mujeres de relumbrón, poder en suma, dinero sin medida, mando en plaza, qué colección de elementos ambiciosos, de ávidos insaciables), los ansiosos de aquello que había que disputar, usurpar, asaltar; de aquello de lo que había que apropiarse con métodos de desafío tabernario o de despojo impune, porque la envidia y la codicia son como sabemos que son.
Y, en cambio, más rudimentario, básico, también más coherente a la postre, no oblicuo ni cínico ni deslizante, se manifiesta, esto de manifestarse es una fiesta, Corcuera, y va y dice lo que tantos camufláis porque el invierno es largo, Bambi.
Pero tú hiciste tu juego. Me da que siempre.
¿Por qué mojarte ahora?
Anda ya, paisano.

martes, 1 de octubre de 2013

El lío



Extraordinario, y previsible, lío a varias bandas:
Ya que veníamos frustrados, aburridos, insatisfechos, sometidos, etc. como resultado de la larga época del gobierno de Franco, fue cómodo y fácil vendernos la idea de la democracia, y más todavía la del estado autonómico, que muchos con solapado cálculo aceptaron y aplaudieron como tránsito o trampolín para ulteriores objetivos muy egoístas, nada solidarios.
No han pasado ni cuarenta años. Los impulsos de la insatisfacción ya ni parecen apenas maquillados con diferente moda, incluso para los listillos que han ido saliendo notoriamente gananciosos. Las promesas de acercar y mejorar los servicios al ciudadano, quizá se ha dicho antes, han sido con cinismo incumplidas en buen número, en tanto siguen subiendo como la espuma las ansias recaudadoras de las distintas “haciendas”. (Compárense los no discutibles pero relativos avances económicos y sociales con el brutal incremento de los impuestos y tasas de toda laya.)
La deseada descentralización, el traslado de poder han recorrido casi todo el itinerario previsto, aunque echando a perder los resultados, enquistándose en un remedo regional del “odioso” poder estatal, al que ahora sustituye el autonómico que, mientras administra y distribuye prebendas rara vez limpias, tapona en parte el flujo hacia los ayuntamientos, que también han demostrado lo suyo de sobra, perverso fenómeno que ya comentara con gran sensatez don Francisco Vázquez entre otros, muy pocos, que hablar claro y desinteresado es condición escasa entre políticos.
El Estado, enflaquecido y menoscabado, con las orejas gachas por sus “condenables pecados históricos”, no da abasto para contentar las demandas, a menudo más abusivas que justificadas, de los que siempre se dedican a la protesta. Se nos cae la casa, en medio de desentendimientos o complicidades que llegan a la demagogia de negar el puñado de verdades que muy pocos repiten sin desmayo, por encima del mezquino regateo, de las descalificaciones de los que se agarran al fácil clavo ardiendo de las formas, cuando el fondo es tan grave como urgente.
El coro centrífugo crece, ignorante o despreciador de que no es la desunión lo que hace la fuerza; las incomprensiones y antagonismos entre los ciudadanos, por lo visto rebaño fácil de embaucar y/o azuzar, vienen siendo en gran medida fabricados y fomentados desde cero o poco más, y con la metódica e incansable insistencia tienen a estas alturas cuerpo y peso considerables...

Con estas coartadas y las peligrosas recetas del salvajismo económico, no es raro que lo que queda del Estado (gobiernos del signo que sea) haga dejación sistemática de responsabilidades, no mediando con frecuencia en los conflictos, no mojándose, no arbitrando soluciones con equilibrio y prudente diligencia, consintiendo que “cada palo aguante su vela”, so pretexto de unos melindrosos escrúpulos no intervencionistas (y casualmente cómodos desde el punto de vista electoral) que no dan otros frutos que la indefensión del ciudadano corriente y el creciente desafuero de que “el pez grande se coma al chico”.

¿Es así la democracia que queríamos y nos prometieron?