jueves, 17 de septiembre de 2026

Una mirada al tablero

 

Se ve que hay alguna ley (cuyo perverso espíritu y contrahecho desarrollo ahora resultan letales para los ceutíes) que a los españoles nos compromete y obliga a tratar a los moros y a otros foráneos con una satinada consideración que, fuera de exagerada, es gratuitamente indebida.

Esa ley sirve de escudo y de mierdosa excusa para que nuestros desgraciados políticos no hagan el trabajo que de ellos se espera y que nos deben. La carga de hipocresía que de inmediato incluye, podría ser un ejemplo palmario de casuística jesuita o del comportamiento que los tunantes del PNV tan a menudo exhiben. Esa ley, enloquecida, con evidente consecuencia de llevarnos al despeñadero, puede DEROGARSE o CAMBIARSE DE RAÍZ; y por vía urgente, que no es la primera vez que así se han hecho las cosas… cuando se ha querido.

Porque lo importante, lo que es un crimen demorar, es la necesidad imperiosa de devolver a Ceuta su indiscutible derecho a vivir en paz, eliminando de manera radical y definitiva esta bárbara “okupación”, este vertedero en que los moros (sí: es su estilo y todos lo estamos viendo) han transformado las playas de esa ciudad.

Y es que se nos han colado muchas gentes por una puerta que desprotegieron culpables con nombre y apellido. Menores y ni siquiera eso, los quieren englobar como “vulnerables”. Pero cada país genera su propio cupo de vulnerables, y el problema no se arregla con trasvases. Todo lo contrario: es de una arrogancia ridícula pregonar que nos caben en el equipaje las arenas del desierto.

La hostilidad y la insolencia que Perro ególatra ha manifestado contra USA y contra Israel pasa natural factura, respaldando al rey de los moros, matón y chantajista creciente. Pero es Europa, si se sacude los oropeles y ante la cobardía y la ineptitud del “desgobierno” español, la que debe y puede superar el escalón de las declaraciones, apretándole las tuercas (que hay unas cuantas, de diverso tamaño) a esa tiránica y teocrática chilaba.

La invasión generalizada y gradual de Occidente por los obstinados creyentes de Alá, codiciosos de unos lujos que no tardarían en destrozar, tiene antecedentes históricos y décadas recientes de insistencia. Si no reaccionamos, es segura nuestra destrucción.

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