un D. Quijote, legendario,
literario, idealista, también algo iluso, heroico, noble, sublime y, en el
mejor sentido, caballero.
O un político de mierda y un
mísero dictatorzuelo canalla y sin escrúpulos.
En teoría, se podría secundar y
admirar al primero. Nunca, nunca al segundo, ni tampoco colaborar en sus
infamias y barbaridades.
Con el primer personaje, la
utopía nos impide la implicación real, el sueño que sería de una noche de verano,
o de invierno, por qué no.
Con el segundo personaje, la
decencia nos veta incluso el mero seguimiento, la asunción, que sería directa o
indirectamente complicidad, de sus abusos y atropellos, la restauración y el
pegamento de los platos que rompe con escandaloso desahogo y conducta
delincuente indisimulada e indisimulable,
¿verdad, ZP, chorizo, verdad, Sánchez, macarra de vacaciones?
Ahora expongo una cuadratura de
círculo, nada meliflua de “derechos fingidamente humanitarios”, pero de
insobornable lógica, por cierto:
Tan mojada es la invasión náutica
con flotadores y trajes de neopreno como el retorno (¿de los brujos?), con esos
mismos flotadores y atuendos, a sus lares de origen; idénticas la capacidad de
los nadadores, la distancia a salvar, las aventureras vicisitudes del clima y
las condiciones volubles de la mar.
Los “pañitos calientes” de los “cuentistas
chinos” son tan falsarios como intolerable el sabotaje que se nos impone; son
otra variedad de terrorismo.
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