viernes, 24 de abril de 2026

La recomendación

 

Con tiempo e insistencia, se nos ha ido instalando en las mentes esa majadería machacona del “buenismo”, de ese colorcito blandiblú que quizá sea una variedad de la piedad peligrosa, un entendimiento del mundo y su realidad que mucho tiene de digestión en falso y de hipocresía con espesas capas de camuflaje.

Quiénes promovieron ese principio y lo han sostenido luego, puede ser que nunca los descubramos; o muy poco. Pero es claro que lo han diseñado con intereses de improbable limpieza.

Y es curioso contemplar cómo cualquier paso diferente que se encamine en otra dirección (en la de la lógica o el sentido común, por ejemplo) recibe de inmediato la máxima inundación represora de descalificaciones, anatemas y fulmíneos escándalos.

La recomendación (caída por ahora en saco algo roto) de “los españoles, primero” suena abrupta e inaceptable en los oídos generales y quizá lo deba a una concisión a la que sus furibundos y maniqueos opositores niegan el desarrollo de matices, interpretándola con deliberada rudeza sectaria. Pero lo que tiene esa recomendación de firme -metáfora que todos entenderán- es que una tarta, por gigantesca, por enorme que sea, se agota ante un número inacabable de invitados al cumpleaños, o de los que, sin serlo, no cesan de colarse, con los motivos que presenten, respetables o no.

Así que, antes del motín absoluto, ¿convendrá establecer un orden de llegada y un orden en la llegada, un criterio de preferencia, un reconocer que no estamos obligados (ni por los Derechos humanos sin Deberes) a darle nuestra capa al otro, cosa que, según parece, sólo hizo San Martín de Tours y puede que sólo aquella vez?

Los muy cristianos podrán decirme “ya te vale”; los demás, que suelen ser faroleros del melindre, gente que pregona más que vende, que predica sin dar trigo…         

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