lunes, 17 de noviembre de 2025

Mazón en su laberinto

 

Demasiado claro parece que este hombre no estaba donde debía, a la hora de la desgracia; y que, con prodigiosa torpeza, ha fabricado sucesivamente un enredo descomunal de explicaciones y contradicciones, tanto más inútiles cuanto más se han multiplicado.

Después de un año, la presión, las evidencias, el desastre de su gestión y, si no era bastante, matices que iban a leerse con hipocresías morbosas, han forzado su dimisión que, nadie disimule, es fenómeno del que huye sistemáticamente la casi totalidad de nuestros políticos; porque el jugoso dinero y el poder detentado son anclas poderosas y, para muchos que han sabido colocarse en los diversos sillones y cargos públicos, factores de supervivencia a un nivel de lujosa boyantía que suelen no merecer.

No se descarta que haya retrasado su salida el barrunto, certísimo, de que la propaganda infecta de sus enemigos, de inmediato y sin descanso, cargaría contra él, procurando hacerle cabeza de turco única. Pero hay aquí más turcos que en Lepanto, más que en Estambul (a la que Don José Rey, en San Francisco de Paula, siempre añadía “la antigua Constantinopla”), y ninguno de los otros jerarcas, incluso superiores, que tanto o más que Mazón “la cagaron”, se ha decidido a largarse, confesando sus propias mierdas.

La amarga protesta y la rabia de las personas damnificadas está sobrada de motivos, y no cabe descalificar su desahogo verbal: los insultos, los nombres y adjetivos, las palabras, gruesas o flacas que sean, están en nuestros diccionarios. Y es mejor decirlas que callarse como cobardes.        

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