Se diría que,
cada año, el empujón del consumo se adelanta más semanas a la Navidad. Los
centros comerciales bullen de compradores solicitados por la más variada y
abundante panoplia de tentaciones y muy pocos dellos resisten -y a duras penas-
la compulsión diabólica de adquirir cuanto espejismo lucen los escaparates.
Vale que no
toda compra será superflua, aunque de manera innegable muchas, muchísimas lo
son. Y ahí reside el truco: la rueda pone a punto sus engranajes y el vapuleo,
el seductor saqueo ilusionante nos esquilma un bolsillo que de suyo ya anda a
medio quebrar. Porque se trata de no parar la producción y que la cadena
prosiga en una suerte de vértigo sin fondo visible, aplazando el colapso que,
al final, no habrá forma de evitar.
“San Juan viene, déjalo que llegue” podría ser
una alternativa a la torre de Babel, ya iremos viendo.
Mientras,
esta voz que clama en el desierto vuelve a denunciar la infame conspiración de
los fabricantes de camisas, empecinados en que los cuellos correspondientes
sean ¡TODOS! de una fea y ridícula escasez que con redomada hipocresía han
aupado al pedestal, siempre estúpido, de la moda.
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