Demasiado
claro parece que este hombre no estaba donde debía, a la hora de la desgracia;
y que, con prodigiosa torpeza, ha fabricado sucesivamente un enredo descomunal
de explicaciones y contradicciones, tanto más inútiles cuanto más se han
multiplicado.
Después de un
año, la presión, las evidencias, el desastre de su gestión y, si no era
bastante, matices que iban a leerse con hipocresías morbosas, han forzado su dimisión
que, nadie disimule, es fenómeno del que huye sistemáticamente la casi
totalidad de nuestros políticos; porque el jugoso dinero y el poder detentado
son anclas poderosas y, para muchos que han sabido colocarse en los diversos
sillones y cargos públicos, factores de supervivencia a un nivel de lujosa
boyantía que suelen no merecer.
No se
descarta que haya retrasado su salida el barrunto, certísimo, de que la
propaganda infecta de sus enemigos, de inmediato y sin descanso, cargaría
contra él, procurando hacerle cabeza de turco única. Pero hay aquí más turcos
que en Lepanto, más que en Estambul (a la que Don José Rey, en San Francisco de
Paula, siempre añadía “la antigua Constantinopla”), y ninguno de los otros
jerarcas, incluso superiores, que tanto o más que Mazón “la cagaron”, se ha
decidido a largarse, confesando sus propias mierdas.
La amarga
protesta y la rabia de las personas damnificadas está sobrada de motivos, y no
cabe descalificar su desahogo verbal: los insultos, los nombres y adjetivos,
las palabras, gruesas o flacas que sean, están en nuestros diccionarios. Y es
mejor decirlas que callarse como cobardes.
Totalmente de acuerdo con tu relato, sobre Mazon. Un abrazo
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