No sólo se
veía venir (sobre todo por quienes más lo detectaban, lo presentían con
conocimiento de causa) el mortal accidente; también era innecesario ser
clarividente para presagiar la mierda tramposa con la que el ministro echaría,
y de inmediato, balones fuera. Los que le aplauden (!) porque “da la cara”,
disimulan la pétrea dureza de ésta, las maromas de mico saltimbanqui que anda
prodigando para echarle la culpa al maestro armero.
Tanta
locuacidad, exhibida con más descaro que inteligencia, era inevitable que lo
hiciera incurrir en contradicciones clamorosas, de las cuales ni se arrepentirá
nunca (cínico “cum laude” como es,
como son los de su cuerda) ni cree que le pasarán factura.
Mintiendo
como un bellaco, retuerce el diccionario, iluso idiota de que la gramática y el
simple sentido común y el habla llana no van a ponerlo en el sitio miserable
que le toca. Y sí, antes de manifestarlo del tirón, ya sabemos que no tiene ni
idea del tema para el que fue nombrado, que estos figuras, estos barandas son
meros enchufados políticos, sólo aptos para adular y obedecer al jefe, y por
eso la interminable cadena de asesores, especialistas, peritos de cada cosa,
que le vayan, o no, haciendo el trabajo, útiles además para el despilfarro
clientelar de nuestro dinero y el hipócrita y elusivo troceo de las responsabilidades
y las culpas, el gran día de las cagadas, cuando se diluyen en humo huidizo y,
si cesan a alguno, ya le buscarán acomodo disimulón para la conformidad y el
silencio.
El atraco
gigantesco que los impuestos ejercen sobre nosotros es, por lo visto, la única
función que se ejecuta con rigurosa, persecutoria diligencia; el resto parece
que anda a la deriva, ante el estupor del contribuyente, amansado, disuadido,
entretenido con las más diversas socaliñas, con las más torpes añagazas, por
esta banda que combina en su perversa fórmula variadas dosis de payasos sin
gracia y garantizados delincuentes.