viernes, 1 de febrero de 2019

El decoro y el lujo


Teniendo en cuenta que se trata de una cuestión de sentimientos, enseguida se transita por terrenos resbaladizos y aun pantanosos.
Y desde luego que la desvergüenza implícita en la estafa no sólo es de considerables dimensiones y de truculenta hechura sino que también tiene antecedentes en un estilo de picaresca tradicional, teñida de macabro color. Y que hay fraude y algún otro delito de los que enumeran con profusión y acierto nuestros códigos legales.
Pero cabe preguntarse (siendo plausible la libertad de elección individual y familiar) hasta qué punto no sería preferible aceptar que la muerte verdaderamente nos iguala (con toda la filosofía, la religión, las artes y especialmente la literatura desarrolladas al efecto) y que bien podríamos, para ese momento ineludible, renunciar a señalarnos las presuntas y ya inútiles diferencias con las calidades de acabado, diseño y lujos que el catálogo ofrece, siempre resueltos en dinero, en precios, en tanta pompa fúnebre que, encima, se va a quemar en el incinerador, llevándose de una vez para siempre todas nuestras impresentables y extemporáneas vanidades.
Quizá un féretro sobrio, modesto y funcional – que en ningún caso promueva la infame tentación de la codicia – sea el mejor refugio postrero, la medida ajustada de nuestro definitivo escarmiento, la sabia advertencia de nuestra humilde condición de arcilla.

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