Coro de
papagayos obedientes al “jefe” (que alguno llegó a llamar puto amo), con unanimidad bufonesca repiten -sin apenas matices en
el amago de desafío- su desvergonzado, insolente desacuerdo con los jueces que
acaban de meter más o menos en vereda a “uno de los suyos”.
Mentirosos
sin límite y a sabiendas, comprometidos con salvar como sea la continuidad de
sueldos y privilegios, porque “el que se mueve no sale en la foto”, hay temor a
caer en un paro del que serán impotentes para salir por méritos propios, abocados
a sucesivas servidumbres. Pero no cabe disculpa, las contorsiones de estos
títeres puestas y expuestas están a la vista de los espectadores, y seguirán
abochornándonos cada vez que por la “tele” se nos recuerden sus miserias.
De fondo, hay
un aire de crecientes irritaciones. Señales de malintencionado desorden, ruidos
que “les suenan” (a los que todavía quedan) a una amarga historia que se
repetirá si el rencor y las ganas de revancha prosiguen atizando las
calenturas.
Siempre acertado en tus opiniones.Este gobierno de hijos de puta nno tiene límites.
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