Mucho juego han
dado para la Historia, la leyenda y la literatura el espeluznante personaje de
Vlad, el Empalador y sus derivas al conde Drácula, vampirísimo superior, preclaro
emblema de los de su género y elemento con el que pocos criminales y/o señores
de la guerra osarían competir.
No digamos ya
para el cine que, atraído por su innegable fascinación, ha perpetrado durante
décadas variopintas versiones y visiones de las facetas de su tan tenebroso
como luminoso poliedro. Y aunque algunos nostálgicos preferentes permanezcan
anclados en según cual de ellas, la más reciente -ahora en cartelera- no desmerece,
y resuelve con brillantez y no pocos aciertos esa renovada papeleta, hasta el
punto de darnos a este romántico, apasionado y educadísimo espíritu errante que
a través de los siglos en enemistad y rebeldía contra Dios por la muerte de su
princesa amadísima (a la cual transitoriamente recobra, se diría que
reencarnada), en un rapto de caballerosidad final lo sacrifica todo, y va y la
salva de condenación y vagabundeo interminables.
“Film” de acabado lujoso y
espectacular, más que correcto de actores, realización y demás etcéteras,
Christophe Waltz a bordo y buen entretenimiento de ayer miércoles en sesión de
tarde.