domingo, 16 de noviembre de 2014

Isabel Pantoja



Ni aun los más avezados videntes, con sus inveteradas mañas milenarias, con sus indemostrables magisterios y sus privilegiadas dotes de supuesta precognición, habrían podido calcular, en aquellos lejanos años de tu juventud y lozanía (cuando nos asombrabas con la voz y más aún con la inverosímil melena bíblica), las descomunales proporciones que alcanzaría el tornado de tu vida.
Hay teorías. Que uno se busca los resultados, los acontecimientos que marcan cada paso del camino, cada tiempo y cada consecuencia; que nuestras acciones, omisiones y decisiones nos van a pasar factura o a premiar y que ésa es la responsabilidad de la persona. O bien que el Destino (“… el Destino, Paris, el Destino”), en ocasiones fatal, por eso lo del fatalismo, ya nos lo tiene todo bastante preparado y que no importa cómo nos pongamos, que de todas formas nos dará el viento.
Ahí está el problema debatido por teólogos, metafísicos, filósofos, etc.: si Dios lo sabe TODO, quiere decirse que también de antemano y para siempre, ¿qué farol es ése, del libre albedrío? Y entonces, ¿qué hacemos con las leyes, las normas, el andamio y las estructuras todas? Pero prosigamos.
¿Lo tuyo, ríos de tinta? No es suficiente: un maremoto (que los modernitos ahora entienden y conocen como “tsunami”, panda de cursis y postizos) de aquella china Pelikan que usábamos para el dibujo lineal en el colegio.
¿Lo tuyo, una vida con luces y sombras, con altibajos? Qué va: el tobogán del fin del mundo, una cosmogonía; no ya un campo sino un planeta entero de minas, el carro de Elías, la guerra de las galaxias, las Pirámides, la Gran Muralla y Niágara “falls”, que quién sabe cómo se dirá en catalán…
La legión de tus detractores, incansables, encarnizados, y la de tus hagiógrafos, fascinados y ternes, andan en el pulso infinito de viviseccionar tu existencia, tu devenir telúrico, merecedor de uno de esos caudalosos relatos del realismo mágico hispanoamericano.
¿Cómo se ha llegado hasta tal punto? Debe ser España, también en esto excesiva.
Algunos nos hacemos cruces, porque parece que es demasiado incienso para el mismo ídolo y son demasiados rayos en el mismo árbol, por frondoso, enhiesto e impenetrable que sea.
Qué vorágine, paisana. Qué estruendo.
Y qué colosal lista de otros muy mayores enredos, indultados, amnistiados, condonados, prescritos… Aunque lo cortés no quite lo valiente, que sí, que vale.  

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