viernes, 15 de junio de 2018

El Hipocampo fantasea

mientras caen los ministerios
y decide que sus corcheas
hoy no tengan un aire tan serio.

A la remota Torre
del lejano castillo
(como un rumor que corre
o un resplandor de brillos)
llega el amor rendido
de unánimes cantores
que no dan al olvido
sus estrofas mejores.
Y tanto sentimiento
tienen sus alabanzas
como en el firmamento
hay estrellas en danza.

-- Y este cuento, ¿a qué viene,
de qué trata el prodigio?
¿Es un tema de higiene,
un viento de prestigio?
-- Se trata de la historia
de una princesa sarda
que citan de memoria
estas rimas gallardas;
de la antigua romanza
de aquellos trovadores
en desigual balanza
y diversos fervores.
Y no interrumpas más
para que no se esfumen
la idea y su compás,
sus ligeros perfumes.

Érase que se era,
cristiana y no moruna,
su tez de primavera,
su tibia luz de luna...

-- Pero ¿a quién te refieres?
Su nombre, al menos, dime.
-- ¡Pardiez, qué pelma eres!
Tu insistencia me oprime.
Pues bien, Altisidora
es la gracia elegante
de la joven señora
de la que hablaba antes.

La fama de sus prendas,
su sin par hermosura
eran una leyenda
sin pausas ni cesuras,
y ponderar sus ojos
y sus negros cabellos
era el común antojo
de los vates aquellos;
e incluso a Salamanca
llegaban los destellos
de aquel portento bello
que eran sus nalgas blancas.

Compitieron algunos
por alcanzar su mano
mas no cedió a ninguno,
ni a tirios ni a troyanos.
Y al final se ha sabido
que destina su miel
a un galán aguerrido
y joven coronel.

-- ¿Se diría que es nieta
de la Abuelita Berta?
-- O un cometa que cae
a una isla desierta... 
   

   

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