domingo, 24 de mayo de 2015

Los flecos



Que yo estuviese cenando en la barra del restaurante (“restorán”), resignado a la inexplicable demora del camarero con los filetes de atún a la plancha, aquí se ve la influencia de la dieta anticolesterol, no parece que tenga mayor relación con lo que luego iría sucediendo:
La orquesta, camisa y pantalón beige, ya estaba sobre el escenario, cuando se detectó un rumor de la afición expectante – que esta vez no se tensaba en los tendidos – por la repentina llegada del veterano director titular, un inconsecuente y gratuito aspecto a lo Garci. Enseguida, uno o dos, luego más músicos fueron bajando para aproximarse a las últimas filas de la platea con intención de saludarlo y, en breve, ya parecíamos un grupo presto a ser fotografiado, con un aire, una espontánea disposición que podría casi recordar a la de los equipos deportivos.
A mi lado, C. advirtió que yo había guardado durante mucho tiempo los dibujos, los papeles que A. me escribiera durante aquella singular debilidad de violigos que compartimos el siglo pasado, y comentó con guasa tierna que admiraba mi fe. ¡Como si no supiera la que a ella hube dedicado!
Más tarde, estuvimos friendo pimientos para la cena, poniéndolo todo perdido, ambos “muy cacharreros”, veinte años después, que escribía Dumas.
“Pero si una contingencia, un avatar o el azar (no el azahar) mismo modificaran la estructura y/o la función disponible...”
Esto andaba diciéndole al Presidente de la Junta, ese ente romo, por él lo digo, cuando miré el reloj malva y eran casi las seis, y ese era el último fleco rescatable de mi sueño absurdo, ahora que tus hijos ya habrán regresado, al menos uno, de la romería y llevas dos noches con más interrupciones del sueño que una farmacia de guardia, corazón.      

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