miércoles, 8 de abril de 2015

Una disyuntiva



Sibilas agoreras ponen ya el grito preventivo en el cielo, hacen sonar presurosas alarmas, rásganse las vestales vestiduras, porque el sector de la construcción empieza a reanimarse.
El “ladrillazo” tuvo demasiadas facetas y casi todas se explicaron torcidamente o ni eso.
El gigantesco expolio que supuso la insana epidemia de los especuladores, los constructores corruptores y los corruptos concejales y afines, recalificando como fuera lo que fuera, y la conducta ofidia de las cajas de ahorros, financieras, etc. no dejan de ser una consecuencia perversa de una actividad que tan mala no pareció mientras creaba cientos de miles de empleos que, cuando los iluminados decidieron explotar la “burbuja”, fueron de inmediato y radicalmente exterminados.
Esas voces preclaras nos previenen ahora con advertencias algo burlonas como la de que el “españolito” se aferra al ladrillo en calidad de aspirante a propietario y no “aprende” a vivir de alquiler.
Pero lo que se callan, por lo visto, es que 30 años de alquiler promedio y consecutivo te dejan tal cual; y lo mismo, en una sostenida hipoteca, finalmente llega a ser un patrimonio.
Dogal por dogal, no parece que el “españolito” sea tan torpe en su mayoritaria opción, procurando evitarse la alternativa de una prolongada, interminable sangría.
Un amigo de toda la vida, a sus 65 años de ahora, se ha comprado una casa. Y a pesar de la afortunada comodidad con la que sus amplios y merecidos honorarios profesionales le permitieron vivir durante décadas como inquilino, dudo que se exponga al vértigo de calcular la pasta gansa que se le ha ido al limbo.
¿Alquileres gravosos para que sólo se nos consienta vivir provisionalmente, de prestado?
No está claro, sibilas, vuestras recomendaciones suenan demagogas.

Y que no desesperen los románticos: mañana, volveremos a la vertiente galante.
Si Dios quiere.

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