lunes, 13 de abril de 2015

Meiga



Déjame acariciar
la sombra que se duerme entre tus pechos.
Beber tu boca grande, conocer
tus rincones mojados,
donde el amor florece, vive, siente.
Háblame
con ese dulce acento cadencioso,
tan propio de tu tierra
de hermoso verde, brumas apacibles,
ría olorosa, colinas
de civilizada mansedumbre.
Queréme algo,
que decía aquella tímida barca.
Dame
a mí, que siempre anduve escaso,
el cariño templado que te sobre,
que te nazca
de esa condición tierna de mujer
(aunque no siempre la consientes).
Mece, o abanica, tu cabello por mi rostro;
peina mi barba y,
al bañarme en tu orgasmo,
consuélame de la dureza del mundo.

(Son éstas unas líneas que aparecen publicadas en el volumen “La primera vez que perdí el alma…”, del cual ya se ha hecho mención en este blog del Hipocampo, criatura que, con perversa y algo mártir frecuencia, deja en suspenso la decisión de hacerlas llegar a las sucesivas, correspondientes inspiradoras y/o destinatarias. Una conducta que se entiende mayormente absurda y quizá apropiada para el análisis de psicólogos, sean o no argentinos.)

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