jueves, 22 de enero de 2015

Un almuerzo en el Sur



Se reunieron cerca de aquel anacrónico vestigio colonial, de aquel enclave filibustero, donde toda tropelía financiera, tráfico ilegal e hipócrita abuso tienen su asiento. Lo llaman Gibraltar y es un redomado vivero de cínicas sinvergonzonerías.
Pues bien, cerca de ese lugar se reunieron los dos altos e hispalenses oficiales de la Marina de Guerra y el filósofo y musicólogo de origen hindú, alrededor de una mesa, aunque sobria y modesta, de acreditada raigambre culinaria. (Omito aquí los pormenores del menú, el complaciente vino dulce, los dobles postres; el ceremonioso café de la coda.)
La conversación, a despecho del exordio de las presentes líneas, nada tuvo de conspiratoria. Versó sobre temas de fondo personal y humano, de respetuosos recuerdos lejos de las frivolidades de la moda y cerca de las naturales reflexiones que con sentido común abominan de lo banal y presuntuoso. Claro que la política y, de refilón, la música. También los sutiles arquitrabes, frisos y cornisas para la salud.
En el momento oportuno, los oficiales zarparon de regreso, hecha la despedida en la bifurcación pertinente con las señales de ordenanza. El otro hombre, con su personal parsimonia, prosigue sus estudiosos métodos para conservarse, en lo físico y en lo mental, dentro de un aceptable equilibrio.
Son gente de manifiesta madurez, de sosegadas edades. Con deciros que ¡no hablaron de mujeres…! Ni siquiera de Bárbara Lennie, musa vigentísima de nuestra escena.

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