jueves, 8 de enero de 2015

Antonio García Ferreras



Pleno de gesticulantes, aparatosos e innecesarios manoteos, disfrutando de sus excesos truculentos, vociferante y reiterativo, con motivo del atentado en París, este señor se superó a sí mismo dando el espectáculo frenético de costumbre, pero que ayer rayaba en una falta de respeto con la gravedad trágica de la noticia y con las víctimas correspondientes.
¿No habrá quien modere a esta esperpéntica turbulencia de la Sexta? ¿O eso es lo que mola?

Y ahora, veamos (porque la gente que no aprueba el juego tampoco va a aprobar sus reglas):
Arrimando el ascua a su sardina, nuestras modernas sociedades “occidentales”, ya estamos, con insistencia y variados métodos vienen proponiéndose e imponiéndose, cuando las dejan, como modélicos ejemplos de convivencia, civilización, progreso y buenos resultados, como si no tuvieran un surtido de tenebrosas facetas y estrepitosos fracasos que contabilizar. Como si no tuvieran también un carácter de salvajismo egoistón, aunque envuelto en luminoso celofán y seductoras lentejuelas.
Por descontado, esas propuestas no son compartidas en considerables áreas del sufrido mundo, y llegan a provocar rechazos y beligerancias importantes. Se diría que, para nada escarmentados ni corregidos, seguimos practicando una curiosa variante residual de las colonias, o de los imperios que andaban convirtiendo a empujones a las remotas gentes a lo que fuese, religión, pensamiento, modos de vida, organización política, económica, etc. La resistencia y el choque van de suyo, entre la ingente población de las naciones que no entran al trapo, que no lo ven claro ni tienen por qué estar de acuerdo.
La prepotencia, la obscena molicie y la propia decadencia amanerada de estas sociedades “modernas” serán su ruina y su final. Y, por ejemplo, que hayamos puesto de moda un laicismo frívolo, casi ateo, que se mofa de las religiones, nos parecerá un “fino ejercicio de ingenio” que quizá sirviera como “diversión” entre nosotros, pero que, disparadas contra otras formas de ser y de vivir algunas supuestas gracietas, ¿por qué nos las habrían de consentir?
La libertad de expresión y el humor, ¿son un pretexto, una patente de corso para ofender impunemente a las personas en sus diferentes creencias, sentimientos y tradiciones?
¿Nos lo pensamos? Sobran redentores y más nos valdría que nadie se metiese en corral ajeno. De ninguna de las maneras.

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