lunes, 8 de diciembre de 2014

No está todo resuelto



Es temprano. Termino, otra vez, un libro de Quiñones. Cuando leo a este mago soberbio y tan lleno de vida como de arte, siento que muchas cosas andan removiéndose dentro, muy en lo hondo…
¿De qué va todo esto? Me asomo al mar. Hoy apenas sosiega, después del temporal de estos días, de la lluvia que no se terminaba nunca. Y tiene un sonido de trueno contenido, que permanece, que sigue como un tren que no acabara de pasar. Una banda de espuma en la que viniese una ancha cabalgada de hermosos cartujanos sin bridas ni arneses, desnudos y casi mitológicos.
Y un pálpito que impone: la amenaza gris y blanca, verde y plata de su inmensidad.
Las preguntas (de dónde y hacia dónde, por qué y para qué, quién y qué eres, cuánto has de durar), siempre las preguntas, su giro agotador, sumidas en sí mismas, siempre sin respuesta que valga.
Se creerán los de la tele que con que salga Carolina Alcázar y presente unos cuantos automóviles también resplandecientes está todo resuelto. Pues no.
Dan ganas de pasarse por el Sanatorio, por el del pueblo, a ver si queda algún resto de parra en ese rincón. Y de momento no es indispensable darse por completo a la bebida.

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