jueves, 25 de diciembre de 2014

El señor de los anillos, el Hobbit, etc., etc.



Conste en primer término que no hay aquí ninguna intención de gratuita iconoclastia. Pero hay rollos que no se sostienen, a pesar del consenso que parecen concitar.
De la tal cosmogonía, de la tal desaforada e incongruente leyenda, de esos confusos e irrazonables relatos, alarmantemente aclamados por las mayorías, el cine se ha nutrido con reiterada fruición.
La reciente muestra es un lío incomprensible a la par que simplón, como de costumbre, que pretende dar de sí un “argumento” según el cual hasta cinco ejércitos de diversas monstruosidad y bizarrías se enzarzan en una batalla tan descomunal como interesada aunque arbitraria, soltando de camino tan prolija ristra de nombres previos y personajes de aluvión, tan enredada madeja de antecedentes, precedentes y consecuentes asuntos, tan extraña geografía, hasta para la ficción, todo mayormente atropellado y de tan tenebrosa e insuficiente lógica, que dudo que los mismos fanáticos “especialistas” de la saga puedan digerir de verdad el galimatías, el, pese a lo breve, abstruso rompecabezas propuesto.
Además, ya van bastantes “pelis” con muchedumbres guerreras impresionantemente conseguidas con los suntuosos recursos tecnológicos contemporáneos y, vaya por Dios, en este caso no son de lo mejor, sino algo más falso y artificialón que otras veces. Se sentía en el aire de la platea* la frustración, el pasmo petrificado de los espectadores, procurando en vano dar su aprobación a un ladrillo tan impasable.
¡Con deciros que ni las armaduras están logradas…!

*¿Se siguen llamando así las filas de asientos escalonados, características de nuestros multicines?

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