miércoles, 2 de julio de 2014

Una cinta demasiado rancia



Pasándole el plumero por sus vetustas telarañas, rescatándola de vez en cuando con bizarría de sus ilustres desvanes arqueológicos, “El acorazado Potemkin” es emitida por TV.

En una de esas vueltas, uno, que con involuntaria reiteración ha visto o entrevisto de manera fragmentaria la escenita de la escalinata, siempre ponen ésa, claro, pasando por casualidad con el mando a distancia, pilló al vuelo una vez, les juro, de qué se hablaba, como en un instantáneo destello de adivinación. La grabé en “vídeo”, que dicen, y fui a ver qué pasaba – de verdad – en esta cinta de 1925, cine llamado mudo, es decir con música de fondo que no cesa, Eisenstein, mucha idolatría junta, mucha mitificación, demasiado espectador boquiabierto, éxtasis proclive a la inoportuna entrada de moscas.
Y que me vayan llamando hereje o bárbaro, pensé, pero ojalá no sea un pasmo como solían las también “genialidades” de Chaplin, plúmbeo y poco convincente sinvergüenza que plagió con indecente falta de escrúpulos (los artistas auténticos procuran no hacer eso, Charles, que ahí te pareciste a Ana Rosa) la música de un compositor español, llegando a la desfachatez de firmarla como propia para incluirla en la banda sonora de uno de sus filmes.  Al día siguiente, los peores temores se confirmaron: que ese panfleto revolucionario, esquemático, simplón, primitivo, haya sido deslumbrante y adorada reliquia de los más exaltados y rojillos, no da para obra de arte ni poniéndole muchas ganas. Un cochecito de bebé, con bebé dentro, rodando escalinata abajo entre el tumulto, es demasiado fácil truco para meter en un puño el corazón de los espectadores. La gesticulación trasnochada y ridícula de los personajes, lamentablemente inherente al cine de entonces, no disculpa el gazapo de montaje en el que el pope del barco golpea su mano con un crucifijo que tiene en la otra, en gesto nervioso que aparece repetido con manos inexplicablemente inversas en el fotograma siguiente...etc. Demasiados metros de cinta para reflejar un motín, una descomunal chichonera o bulla, unas manifestaciones, un chorro de bielas, cilindros, piezas de barco, coys, quizá se diga coyes, repletos de marineros rudos, pese a estar en brazos de Morfeo, demasiados símbolos pretendiendo tocar resortes en rigor distintos de los meramente cinematográficos.

El asombro de las pinturas de Altamira no garantiza que sus autores fuesen los más finos de la tribu. Pues lo mismo.

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