miércoles, 16 de julio de 2014

La mira con deleite todavía



Las caderas hermosas, levemente más llenas. Los senos que han crecido moderadamente, desde aquellos pequeños botoncitos, casi como de flor, que a los veintipocos eran lo que encontró, una noche de estío, después de una cena en una trattoría, hoy desaparecida pero viva en los recuerdos, con su mantel de cuadros, su botella de Chianti y su velita de mínima llama íntima.
Décadas de vaivenes y con asombro, cuando, a pesar del calor, una noche de inspiración no importan los cansancios y disfruta en darle suaves y amorosos amagos de mordisco en los volúmenes del cuerpo que se da y ofrece con el gusto de la esposa y la odalisca a la vez, entre los cosquilleos y los suspiros y los jadeos (que tan propios y espontáneos surgen en esos divinos lances), el hombre piensa, siente que, vaya, la vida tiene sus compensaciones.
En el aire se queda un aroma que tiene ingredientes de jazmín, de agua que suena en la piscina de gresite, de indecisa, aunque tangible, vibración eléctrica de un doble, dulce, glorioso orgasmo compartido.       

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