sábado, 28 de junio de 2014

Sergio Dalma, un buen cantante extraviado en los contumaces meandros del "periflú"



Petición de principio: nos adherimos de forma acaso imprudente a la quizá apócrifa y nada heráldica definición transversal que afirma que “periflú” significa, en muy concreto modo, el vicio de afectada dicción mediante el cual se pronuncia la tersa, limpia y nítida fonética del castellano como lo haría un extranjero con dificultades y no demasiada formación ni parecida práctica.
Mientras que Matt Monro acaso no podía evitar aquella masticada manera de “quizás no pude hablar cuando debí” que parecía cantada por un abducido involuntario de los alienígenas, no es de recibo o no tiene buena explicación que indígenas (= nativos del país) sucumban a tan excéntricas evoluciones y parezcan nacidos en donde sea (incluidos los antípodas, ojo, antípodas lleva el artículo los, para nada las, penosos aventureros del diccionario), menos en el lar patrio, con lo cómodo que eso se lo pone incluso a los “diletantes”.
Lo comentamos, imagínense, no con acritud sino con deprimido, aunque constructivo, ánimo.
La manía del “periflú”, que no se arregla aunque la Campos lo convoque cada dos por tres, dilecto recipendario de las libres preferencias de la veterana malagueña.
Porque Dalma tiene buena imagen de maduro apuesto, un comportamiento visible cuya corrección le ha hecho merecedor de la aceptación y el respeto de un gran sector de público, y una sobresaliente profesionalidad. Además las facultades de su voz son tales como para recrear esa cursilada de “La quiero a morir” de forma que parezca un tema interesante.
Cuando Sergio Dalma abandone ese complejo, esa manía de pronunciar el español, cuando canta, como si fuera extranjero (italiano sobre todo), y cuando no le fabriquen canciones que lo ayuden a esa mala querencia, será con ventaja uno de nuestros mejores artistas en la música popular.
Votamos por ello.

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